Mayormente sólo leo lo que me manda o recomienda Jacobo. Como dice un conocido anuncio "yo no soy tonto" y por eso es que sé de sobra que el viejo que tiene un amigo joven y preparado tiene un tesoro y lo mejor que puede hacer es dejarse aconsejar por él en todo lo que hace a las puestas a punto del conocimiento. Poner a punto el conocimiento, o sea, intentar mantenerse en el mundo con los pies en el suelo.
Pues bien, el último link que al respecto me envió Jacobo me llevó a un libro titulado The Wordly Philosophers, una historia del pensamiento universal que tiene como eje la economía. O el comercio, para ser más exactos.
La historia del comercio es en gran medida la historia de la libertad. Cuando la gente va y viene comprando y vendiendo sin trabas el mundo se desboca en progreso de todo tipo, pero sobre todo de libertad individual. Cuando se restringe el comercio, sólo ganan los pusilánimes y por poco tiempo: el que tarda en llegar el hambre con su cortejo de odios. Así ha sido siempre, unos y otros tirando en dirección contraria, pero al final siempre ganando quien más gastaba los codos. No por otra cosa es que todos los vagos del mundo tengan esa tendencia a organizarse para refrenar el comercio, única forma según ellos para, so capa de mayor justicia, seguir viviendo del cuento mientras dura lo acumulado.
Hay una historia en ese libro que considero debiera ser de obligado conocimiento en todas las escuelas, desde primaria, del mundo. Es la historia de los botones. Ya saben que desde que en el renacimiento se empezó a manufacturar a cierta escala los trabajadores se organizaron en los gremios, una especie de sindicatos, pero a lo bestia. Nadie podía fabricar nada sin pertenecer a ellos porque, simplemente, te mataban. Allí, cada cual tenía su función y para salirse de ella se necesitaba de la aprobación de un tribunal que velaba porque ninguna innovación pusiese en peligro la estabilidad del sistema. Y así duro siglos, subsistiendo en la miseria, hasta que llegó el XVIII y con él las luces. Ya, supongo que sabrán todos del descalabro que supuso la invención de la máquina de vapor. Pero antes a un caballerete se le ocurrió inventar una máquina que hacía botones por un tubo. Y armó la de San Quintín. Se calculan en unas treinta mil las víctimas mortales de aquella innovación. Los gremios pusieron el grito, y algo más, en el cielo y la justicia intervino. Al caballerete, obviamente, le rebanaron el cuello, pero no sólo a él sino también a todos los industriales que habían osado comprar sus botones. Y no acabó ahí la cosa, que hubiese sido liviana la incidencia, sino que para rematar la jugada los alguaciles tenían derecho a registrar las casas de quienes había sospecha de haber comprado vestidos con aquellos malditos botones. Si los encontraban, matarile al dueño.
Es fácil entender a los actuales sindicatos conociendo estas historias. Su enemigo natural es el progreso. Y su principal aliado la vagancia. Y conviene que sean aceptados tales axiomas por quienes tienen que tratar con ellos, porque sólo del conocimiento de la realidad se puede desprender su reglada modificación y, a la postre, su irrelevancia definitiva, que no otro puede ser el destino de los sueños de inmovilidad.
Pensaba esta mañana en estas cosas al enterarme de que un loco ha estrellado un camión contra un mercadillo de Navidad. Gente desesperada que piensa que puede revertir la marcha del mundo. Hay muchas variables de este tipo de locura. Le Pen en Francia, Iglesias -¡qué nombre tan premonitorio!- en España, Trump en EEUU, y un largo etcétera, quieren poner puertas al campo del comercio como solución a los supuestos males del mundo. Y todos los vagos, que son la mayoría, les siguen a ojos ciegas. ¡Faltaría más! Volver a los gremios y a los botones hechos a mano.
El caso es que, también leía estos días de atrás que no se quién de mucha credibilidad intelectual había dicho que en un futuro bastante próximo las macrociudades, paraísos naturales del comercio, iban a ser incontrolables. Por los atentados y todo eso. Pero va a dar igual, porque el comercio ya se está preparando para el cumplimiento de esa profecía. De hecho, seguramente, la distribución de mercancías con las nuevas tecnologías se puede ver favorecida por la diseminación de la población. Incluso, de hecho, ya está pasando. Sólo hay que pasear por la Calle Mayor y ver todos los locales que hay en venta o alquiler para darse cuenta. El futuro inmediato son los repartidores a domicilio. Cuando la población se disemine, los drones.
En fin, que lo que nadie va a conseguir parar nunca de ningún modo, sea como sea el mundo, es el ansia humana de comerciar. De ser libre para que nos entendamos.
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