domingo, 4 de diciembre de 2016

Meditaciones sin fuste

Son las siete de la mañana y hay berrea en la Calle Mayor. Como cada fin de semana. Es algo que ya ha pasado a formar parte de nuestras tradiciones milenarias: adultos que viven con sus padres; padres que pasan de todo. Y todos felices hasta que despiertan. 

Es la falsedad más estúpida convertida en mantra: las cosas están muy mal para los jóvenes -que ya son adultos, por cierto-. La generación mejor formada de la historia no tiene quién la quiera. Lo de los Silicon Valley es sólo propaganda para despistar. Y mientras tanto, ¡toma del frasco Carrasco!

A mí, de joven, también me gustaba trasnochar. Sobre todo en los escasos periodos que pasaba en casa de mis padres. Supongo que porque entonces era cuando el asunto tomaba aires de transgresión agónica. Porque no te ibas de rositas. Al día siguiente las caras denotaban un malestar tan espeso que se podía cortar. Era el precio justo que ya esperabas tener que pagar. Si no hubiese sido por eso, ¡qué interés tomarse tantas molestias!

Esa es la mayor tragedia de los siglos segundos del imperio, que es prácticamente imposible transgredir. Las más sesudas páginas web de divulgación científica se esfuerzan por demostrarnos que lo del libre albedrío no pasa de ser un espejismo tonto. Estamos absolutamente predeterminados por nuestro ADN. Los jóvenes van todas las noches a casa de Trimalción a emborracharse porque están programados para ello. Sería idiota oponerse. 

Y así es como corre la historia: mentira tras mentira. Las penas, el que las tiene, las ahoga en alcohol como siempre fue. Pero no todos las tienen. Un porcentaje, supongo que mayoritario, de los jóvenes, disfruta de la vida con los logros de su esfuerzo. Y transgreden cuando la fiesta y no por rutina como suelen los fracasados.

Y no otro es el problema de los siglos segundos del imperio: su relación con el fracaso. Siglos segundos, siglos cristianos: el triunfo de la piedad. Primero se comprende y luego se perdona. Y de la penitencia se hace negocio. Y al final todo queda en una pequeña molestia que se puede paliar con unas buenas ventanas. 

Y, mientras tanto, las cigüeñas siguen inmóviles en sus pedestales esperando a que amanezca del todo para echarse a volar, ajenas a los berreadores que arrastran su miseria unos metros más abajo. 

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