Anoche pillé por casualidad las últimas frases del discurso del rey. Como no podría ser de otra manera en semejantes circunstancias todo lo que decía eran obviedades. Pero las decía bien, con la entonación y el ritmo adecuados. Una demostración palpable de que no necesariamente de casta le tiene que venir al galgo: a efectos de retórica entre este rey y su padre hay la misma diferencia, pongamos, que ente Demóstenes y José, el tocho de La Vega. Es, supongo, dotes naturales aparte, lo que hace una buena educación. En cualquier caso, pensé, para eso están los reyes, para ser metáfora de todo. O sea, para dar pistas y no respuestas que suelen ser muy aburridas.
Pues esa es la cosa, que cuando hace cuarenta años uno escuchaba al rey de entonces tenía que hacer esfuerzos para pensar que detrás de aquella retórica podía haber algo más que un tocho de La Vega. Incluso, mucha gente, sobre todo la catalana, empezó a hacer chistes en los que se le tachaba poco menos que de subnormal. Y luego aquella afición desmesurada por el deporte, por los motores y, last but no less, las faldas, tan del gusto todo ello de las mentes poco evolucionadas. El hombre, como se pudo inferir de muchos de sus manejos, no fue una excepción entre los de su generación, la mía también. Levantada la veda con el cambio de régimen puso todo su empeño en vivir la adolescencia que se le había negado a su debido tiempo. Y eso fue todo, una bendición para el país, tener un rey ocupado con las cosas del narcisismo a la vez que dejaba en manos de sus validos las aburridas cosas del comer. Así, con un rey que está a lo suyo y deja hacer, cualquier reino progresa. La historia así nos lo enseña con numerosos ejemplos.
Yo, como ya les tengo dicho, preferencias, de las pequeñas, pocas. Por eso es que, monarquía o república, me la refanfinfla. Haya lo que haya me entretendré en observarlo para tratar de entender sus intríngulis. Justo igual que con cualquier otra de las cosas de la vida que sólo me afectan tangencialmente que, dicho sea de paso, son casi todas mientras haya condumio y salud. A esto es, no se engañen, a lo que cualquiera está abocado si, al fin, por los vericuetos que sean, se consigue superar la adolescencia.
Y esa es la gran diferencia que yo aprecio entre este rey y su padre, las edades de la adolescencia. Parece ser que este, como mis hijas, de su misma generación, la vivieron a su debido tiempo y por eso no dan el cante como sus padres han hecho casi toda su vida. Bueno, quizá ese haya sido el mayor logro que podemos apuntar en nuestro haber, el haberles dado alas y apoyo desde el primer momento para que tuviesen un temprano dominio del vuelo sin alharacas. En cierta medida, ese es mi único orgullo, el haber comprendido mis flagrantes carencias y haber puesto los medios para no trasmitirlas. Y los resultados a la vista están, hijos menos pavos y más consecuentes con sus propias debilidades. Más maduros y mejores ciudadanos sin duda alguna. Más felices, quizá.
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