Los seres humanos, para que nos vamos a engañar, somos bastante mierdas. Nuestro pensamiento está tan condicionado por las preferencias, que suelen ser vicios y, no digamos ya, por los odios, que toda pretensión de objetividad suena más a cerrilismo que a cualquier otra cosa. ¡Qué poco capacitados estamos, por lo general, para el distanciamiento y el sentido del humor cuando nos ponemos a juzgar cualquier cosa que nos afecta, aunque sea de la forma más colateral!
Pensaba en tales males tras leer los diversos comentarios suscitados por un hecho, bastante irrelevante por cierto, de actualidad : el cierre al tráfico de La Gran Vía. A mí, como vulgarísimamente se dice, me la suda, porque ni tengo coche, ni vivo en Madrid y, si la paseo una vez cada dos meses, ya es mucho. Así todo, si me dejo llevar de las preferencias, la medida tomada por la actual administración del Ayuntamiento me produce simpatías. Quiero pensar que el trafico va a desaparecer del centro de las ciudades, pero, ya digo, es más un acto de voluntad que de raciocinio. Un acto de wishful thinking, en definitiva. Pensar, estúpidamente, que lo correcto es lo que a mí me conviene o me gustaría que fuese.
Por otra parte, como mato mucho tiempo procurando informarme, sé de sobra que si hay algo incierto es el futuro de las ciudades. Aunque es previsible que, lo mismo que su pasado, todo sea intentos más o menos exitosos de racionalización de la convivencia. Y cuando más se avanza en un sentido, mas parece que se retrocede en otros. Y así es que se haya llegado, o siempre se ha estado en él, a ese punto perverso en el que el inmenso atractivo se ve contrapunteado por un insufrible aborrecimiento. Claro que todo esto lo digo consciente de mi marca de fábrica: nací en una pequeña aldea y, por si eso fuera poco, sobrellevo con toda la indignidad posible un oprobioso diagnóstico de fobia social.
Para resumir, en lo que a mí respecta, estoy a gusto en todas partes y, también, no lo estoy en todas partes. La Gran Via me fascina, pero también me agobia su ingente bullicio. Los horizontes lejanos me exaltan, pero, al anochecer, me atemoriza su intemperie. Y sólo hallo cierto reposo en la infatigable trashumancia. Una vida marcada, como todas supongo, por la esperanza y la desilusión. Así es que, una vez reconocida mi condición esquizoide, no me queda otra que suplicar a los dioses para que, si lo tienen a bien, engrasen un poco los mecanismos de mi raciocinio.
Pensar mejor, esa es la única meta que merece todos los esfuerzos. Decir menos tonterías para mejor entenderse. Sobre La Gran Vía o lo que sea.
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