El vecino de abajo quiere que baje a pasar la noche con él y su menguada compañía. Le doy las gracias y le digo lo de Sostres, que la gente de derechas somos más de comidas que de cenas, de madrugar que de trasnochar. No creo que me haya entendido, pero de paso me ha dicho que ahora que ya casi está solo, con su compañera y madre terminal, empieza a entender por qué hay tanta gente que dice que las navidades son tristes. Le quito importancia y cambio de tema. Pero me quedo con la copla.
Leo hoy en un periódico de gran tirada lo que dice un cantautor famosillo: "hay que hacer sonar las alarmas porque vamos directos al precipicio". ¡Vaya -he pensado- otro que prefiere las cenas a las comidas! Ya se sabe, cenas, ergo resacas. Resacas, ergo ombligo, ombligo y más ombligo. Subjetividad en estado puro. El mundo soy yo y yo tengo un clavo atravesándome el cerebro. Luego, apocalipsis now como forma de consuelo.
Afortunadamente, aunque son muchos los que pasan la noche cenando en el monte Citerón son más los que suben por la mañana a Delfos a comer con el dios que allí reside. Frugalidad y distancia, esa es su receta. Perspectivas lejanas y mente despejada. Estadística para entendernos.
Así que, olvídense del Citerón y disfruten de esta jornada que marca el tránsito hacia un mundo con más luz. Porque motivos hay, y muchos, para estar en paz con nosotros mismos: la humanidad ha funcionado. A las pruebas me remito.

No hay comentarios:
Publicar un comentario