viernes, 30 de diciembre de 2016

Año de Delfos

Una de las cosas buenas de las que no se habla y que es indiscutible es que cada vez más gente toma los trenes para hacer sus desplazamientos. La línea a la que soy adicto entre Palencia y Santander así me lo da a entender. Pero es que, además, lo mejor de todo es que esos pasajeros no son los imsersatos al uso, que no tendría entonces mérito alguno, no, son gente joven que como no es tonta se ha dado cuento del chollo que es el que te lleven por dos perras mientras vas entretenido con tus gadgets. Trenes limpios, rápidos y puntuales. Pese a quién pese que, así, tiene que inventarse otras excusas para justificar su adicción al coche. Porque esa es la madre del mal, la sumisión a una quimera: independencia, libertad, tiempo... un sin fin de ventajas que, mínimamente analizadas vienen a dar en el aquel "viva las caenas" de cuando a la gente se le ofreció por primera vez la posibilidad de hacerse responsable de su propio destino. 

La independencia que da el coche, ¡ya te digo! Y la libertad. Por no hablar del tiempo que ganas. Y sí, hay supuestos en los que no cabe la menor duda de que así es. Si vives en una aldea y tienes que suministrarte en el más cercano centro comarcal, difícilmente puedes prescindir de él. Pero en una ciudad... cómpralo, mantenlo, suminístralo, apárcalo y, sobre todo, condúcelo. Sí, sí, eso que tanta gente dice que le encanta hacer. Pasarse horas y horas en una actividad que lo único que aporta es que tienes la mente ocupada sin hacer el menor esfuerzo, igual que pelar patatas, es decir, una autopista directa hacia el alzheimer.  

Sí, pero te permite ir a sitios que de otra manera... ¡ah!, eso sí que te lo acepto. Y al final, es decir, en cuatro días, ya fuiste a todos los sitios habidos y por haber, les echaste una ojeada y ¿ahora qué? Más pelar patatas. No, mira, a mí no me la das; de joven, con la novia, vas haciendo guarraditas y la cosa resulta divertida. Luego, sí, con los amigos fumando porros, otra temporada. Y se acabó ya el invento. 

El caso es que está estos días la carcamundia de siempre tronando por los medios porque no les dejan usar el coche a su gusto. Yo les comprendo. Les han obligado a apearse de la adicción que les equilibraba y están de un humor de perros. Si van en autobús o metro su mente va a ser toda para ellos. Hasta puede que le dé por repensarse. ¡Qué suplicio, Dios mío! No, desde luego que no es justo. Como no lo es ponerle un caramelo en los labios a un niño y luego quitárselo. ¡Bua, bua, bua! Sí, monín, pero es que te hace daño. Se te van a caer los dientes si te le doy. 

En realidad, les voy ser sincero, todo esto no creo que valga para nada. A la humanidad le sacas de un agujero y corre enloquecida a buscar otro. El caso es evitar por todos los medios disponer de tiempo para poner en práctica lo único que se sabe desde siempre que sirve para algo, es decir, subir a Delfos. Sí, sí: si los próceres mundiales quieren hacer algo por la humanidad no tienen que hacer más que declarar este año, el Año de Delfos. Ya saben a qué me estoy refiriendo.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario