jueves, 22 de diciembre de 2016

Historias edificantes

A Rudy Kurniawan le han caído diez años de cárcel por hacer algo realmente extraordinario y digno, no ya de un Nobel, que eso es humano, sino de la misma estirpe de Cadmo que, como de todos es sabido, se codeaba con los dioses e, incluso, se apareaba con ellos. No de otro tronco surgió Dionisos. 

Pero diez años de cárcel son pocos para enjugar el rencor de tanto cursi ofendido. Porque eso es lo que ha hecho Kurniawan, ganar unos milloncejos a costa de la estupidez de los exquisitos. Ya saben, esa gente que va por ahí dándoselas de muy especiales sólo porque tienen dinero para comprar cosas caras. Gente hortera, para que nos entendamos, esos especímenes que a su falta absoluta del sentido del ridículo suelen añadir un amor propio desmesurado, es decir, el peor de todos los cánceres del espíritu según Erasmo, ya saben, el menos tonto de todos los europeos. 

El caso es que el tal Kurniawan, un californiano de origen indonesio, comenzó de muy joven a frecuentar los ambientes vitivinicolas de la región. Un tipo educado, incluso refinado, y con un excepcional paladar para diferenciar los sabores. No tardó, así, en poder relacionarse con lo más granado de los profesionales de la cata. Y, allí donde había un evento de reparto de medallas, allí estaba él, tan jovencito, partiendo mucho bacalao. Su ascensión en el ranking de los gurús de la cosa fue meteórico. Así que no es de extrañar que hubiese capital riesgo dispuesto a financiar sus primeros pinitos como comerciante de vinos. 

Hasta aquí una historia bonita pero vulgar, como la de cualquiera que triunfa con trabajo y tesón. Pero es que lo de Kurniawan era diferente, porque a la velocidad y en la proporción en la que se enriquecía no tardó en levantar suspicacias, o envidias si mejor quieren. Y lo que pasa siempre en estos casos, que te ponen la lupa. Pues bien, el asunto no tenía mucho secreto: engañar el paladar, y por ende el bolsillo, de los exquisitos. 

La cosa iba así. Kurniawan importaba una partida de vinos carísimos de Europa. Abría una botella y la cataba. Luego se iba por ahí y compraba por dos perras una cosecha cuyo sabor fuese más o menos el mismo que el del carísimo europeo. Lo demás estaba chupado: copiar la etiqueta y embotellar la cosecha. Y a vender. Millones de botellas enviadas a Hong-Kong y Shangai que es en donde más millonarios horteras hay hoy día. Por no decir su red de tiendas en California, que allí tampoco son mancos a la hora de dárselas. Bueno, sí, lo de copiar las etiquetas estuvo feo, pero vaya la penitencia por el delito por el valor de la lección dada. El mundo está lleno de pobre gente que busca elevarse en la consideración general echando mano de lo único que tienen diferente, su abultada cartera. Y no es que eso sea poco, no vayamos a caer en ingenuidades cristianas, pero, ¡ojo al parche!, porque mucha cartera y poca cuna es una mezcla explosiva que sólo puede desactivar una formación, ahí sí, exquisita.    

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