sábado, 3 de diciembre de 2016

What a glorious day

La verdad es que hacía ya más de mil años, muchos más, que no me agarraba una castaña en un bar a la hora de los blancos. A las once ya me había apeado del tren en Frómista y, para empezar con buen pie, había ido a tomar un refrigerio en el Van-Dos. Después, ya en forma, empecé a pedalear por El Camino. Apenas me topé con media docena de peregrinos hasta Villalcazar. Claro que a esa hora los peregrinos ya habrían pasado hacía rato, pero fuera como fuese, y a pesar del sol radiante, lo que no se podía evitar es que todo aquello tuviese un aire un poco siniestro a causa de que prácticamente todos los chiringuitos estaban cerrados. De lo que sí que me di cuenta es de que en el año y pico que hacía que no pasaba por allí se han multiplicado por lo menos por dos, y acaso tres, los citados chiringuitos. No sé yo si no será otra burbuja más a explotar el día menos pensado. 

En Villalcazar giré a la izquierda, hacia Villoldo, todo el rato entre colores apagados. En Villoldo otra vez a la izquierda hacia San Cebrián. Se veían muchas rapaces en el cielo y alguna urraca escondiéndose entre las ramas casi peladas de los árboles. Aquí y allá, en la distancia, tractores arando o lo que fuera. En San Cibrián tardé un buen rato en dar con alguien que me indicase donde estaba el restaurante Las Cúpulas que se anunciaba a la entrada del pueblo. Por fin conseguí la información y cuando llegué al lugar encontré una fantasía moruna hecha de grandes tinajas que, como suele pasar con las fantasías, tenía echado el cierre por cese de negocio. Me dio mucha pena, porque seguro que su dueño había hecho todo aquel disparate con muchísima ilusión, pensando en dar el golpe sin duda. En fin, la típica lección que sale cara, me dije. 

Así que a falta de algo que rascar en San Cebrián tiré hacia Ribas en donde sabía de un bar de bocadillos. Una cosechadora gigante estaba dando cuenta de un campo de maíz como el de con la muerte en los talones. Un poco más alante, en las esclusas que hay donde el canal se cruza con el Carrión, paré a mear. Dos pasos más allá, Ribas. Fui directo al bar. Había allí un tío muy excitado por algo que había hecho a un perro el tonto del pueblo. Decía que el mataba por una cosa así. Le dije que menos lobos y que aprendiese a distinguir las personas de los animales. De inmediato saltó la tabernera a templar gaitas. Al instante me di cuenta de que era una mujer con carisma. Me trajo un plato de chorizo con un pan riquísimo y se puso a darme palique. Pronto el del perro, que se había quedado prendado del sillín de mi bicicleta, y los otros tres que había en el bar se sumaron a la conversación. Y empezó a correr el verdejo. Que si pon otra, que otra tapa de chorizo, que ésta la pago yo, eran las tres y media cuando salí de allí más contento que unas castañuelas, diciéndome que, ¡leches, qué tabernera más guay! 

De entrada pensé que no iba a ser capaz de guardar el equilibrio, pero monté como si nada y luego pedaleaba como si todo fuese cuesta abajo. De la colina que hay que subir para llegar a Monzón ni me enteré. Iba fascinado por la visión a contraluz del castillo con todo su créneau en lo alto. ¡Tanta belleza!, pensaba a sabiendas de donde venía la fascinación. Por Husillos ya empezaba a notar fatiga de materiales. Me acerqué a los bancos del paseo y me tumbé un rato. Me despertó un perro que pasaba por allí ladrando como si nunca lo hubiese hecho. ¡Dios, qué cruz! Cuanto hitlerito hay por ahí suelto, me dije. 

De Husillos a casa, doce kilómetros o así, pan comido. Eran casi las seis cuando llegué a casa con la sensación de ¡oh, what a glorious day! 

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