viernes, 16 de diciembre de 2016

Maldito tesoro

Insisten los medios en mentir como bellacos. Ahora van y dicen que científicos, casualmente españoles, han conseguido revertir los efectos que produce el paso del tiempo sobre las células vivas. O sea, hablando en plata, que aquí vas a llegar a los cien años con el cutis más terso que el culo de un niño. Me imagino que los de L´Oreal deben estar que no les llega la camisa al cuerpo, aunque, por otra parte, no he visto que los mercados, medida de todo lo que se mueve, hayan acusado en lo más mínimo el golpe. 

Bien, otra tontería más, sin la menor duda. Gente que larga por esa boca sin ni siquiera saber que ya hace dos mil quinientos años un tipo llamado Hesiodo escribió una cosa llamada Teogonia, una especie de cuento sobre la creación del mundo y sus primeros pasos, como el Génesis judío, o la que inventó cada pequeña comunidad de los millones que han existido para tranquilizar su espíritu frente a inmensidad de lo desconocido. Pues bien, dígase Teogonia, Génesis, o como gusten llamarle, que una cosa es segura, siempre encontraran en esos relatos como piedra angular la ira de los dioses a causa de la soberbia humana. Te atarán a una roca del Caucaso para que todos los días venga un águila a roerte las entrañas; te mandarán a Pandora con una cajita llena de pastillas a cual más letal; te expulsarán del paraíso a tomar pol culo por ahí... lo que sea, que lo que importa es que en ningún caso te vayas de rositas.

Pongámonos a imaginar por un instante lo que nos pudieran mandar los dioses como represalia por haberles robado el secreto de la eterna juventud. Se me hiela la sangre sólo de pensar en Melmoth el Errabundo. Una eternidad viendo frustradas todas las expectativas. Que no otra cosa fue para mí aquel desdichado tránsito que sólo quiero recordar como antídoto contra las descabelladas pretensiones. Joven estúpido, no lo duden, por lo menos en mi caso, es el ejemplo de pleonasmo más acabado. Imposible superarlo. Sólo la inexperiencia exculpa en parte la responsabilidad por los desaguisados; la parte que queda, remitámosla a partes iguales entre la mala educación recibida y la escasa calidad de las neuronas. 

Y eso en el plano individual. En el general no quiero ni pensarlo. Sí ya aproximándonos a los nueve mil millones tenemos el planeta que se nos va de las manos, ¿qué sería con quince, veinte, treinta mil millones de máquinas de producir metano? No se me ocurre otra solución, entonces, que no sea la malthusiana, es decir, salir a la calle a matar al primero que te encuentres. No, desde luego, mayor tontería que la de engañar al paso del tiempo no creo que se le haya ocurrido nunca al ser humano. Y andar a estas alturas en ello no es sino la evidencia deslumbrante de nuestras insuperables limitaciones. De nuestro horror a reconocernos como hijos bastardos de los dioses.  

Ya lo dijo el poeta: Juventud, maldito tesoro/ ya te quedas para machacarme...

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