Sorprende que treinta años después vuelvan a la carga. Yo, no es que quiera dármelas de conspiranoico, pero para mí que aquí hay gato encerrado. Porque es que uno va al supermercado y ve que los estantes de la mantequilla no se mueven. Y en la cola de la cajera, que siempre me fijo, no hay cliente, ni de chiripa, que compre una libra de ese producto maravilloso. Así es que deben de estar los stocks a rebosar. Y los productores quizá hayan convocado un concurso de ideas o, simplemente, han recurrido a la nostalgia de aquellos maravillosos años, de cuando no daban a basto a reponer las estanterías de tanto como el personal demandaba. Y es que un buen anuncio se hace una vez en la vida y después a vivir de rentas hasta que la magia se apaga.
Ya digo, qué casualidad que se hiciese ese anuncio justo cuando empezó la monserga del colesterol y, con ello, la sustitución en la cocina de la mantequilla por los aceites vegetales. Un palo morrocotudo, sin duda, a una industria ganadera que venía de atravesar los años más dorados de su historia, Guerra Fría mediante. Recuerden que las potencias occidentales trataban de acolechar a los soviéticos con aquello de "mantequilla o cañones". Si gastabas en cañones no había para mantequilla y, por eso, en las películas de propaganda occidentales no paraban de sacar familias venga a untar la rebanada, para demostrar a los rusos, que ni la olían, que lo de aquí era infinitamente mejor. En fin, el caso es que aquí, en occidente, ni atiborrándonos acabábamos con todo lo que se producía y, entonces, los gobiernos se pusieron a almacenarla en frigoríficos en previsión del invierno nuclear que se anunciaba como inevitable. Todavía, dicen, de aquellos polvos andan por ahí almacenadas miles de millones de toneladas que no saben que hacer con ellas.
Es muy difícil, en definitiva, acompasar todos los elementos de un sistema que sólo siendo disrruptivo, como se dice ahora, puede mantenerse en pie. A la gente le va la marcha por definición porque intuye que de lo contrario se va a morir de asco. Necesita innovación permanente, nuevas ideas para ahuyentar el tedio. Y no por otra cosa es que, a la postre, la industria más millonaria sea la de la publicidad. O del encantamiento, si es que queremos afinar el lenguaje. Venga a proporcionar ideas que, para tener gancho, necesitan del soporte de la ciencia psicológica. Del profundo conocimiento de los intríngulis de la conciencia. Sobre todo de su lucha fracasada por destruir los tabúes que lo son, precisamente, por ser indestructibles. Y el que más de todos, el del sexo por el sexo, ese que todos los jóvenes, y jovenas, de todas las generaciones han creído en su inocencia que iban a destruir de una vez por todas. Y cuando despiertan a la madurez, como el dinosaurio del cuento, aún sigue ahí.
Pero, ya digo, la edad de la ilusión: ves ese anuncio y corres a comprar mantequilla. Y los stocks bajan y los precios suben y se vuelve a acumular el capital que es lo que en definitiva se necesita para que la nave vaya.

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