Aunque supongo que ya lo saben todos, por si las moscas, lo recuerdo: la palabra estentóreo, que significa ruido retumbante, viene de un personaje griego de la Iliada cuyo grito equivalía al de cincuenta personas gritando a la vez. Pues bien, tengo yo ahora la sensación de que esto de las Navidades, por aquellos caprichosos giros que suele pegar la simbología de las celebraciones, han pasado de ser la representación de un renacer a la exaltación de las capacidades laríngeas de Estentor. Así fue que ayer quiso la casualidad que asistiese a dos misas de esta extraña religión. Por la mañana recalé, como suelo, en el bar de Husillos a tomar mi habitual colación. Había allí una decena de obreros de la cercana fábrica metalúrgica dando cuenta de la correspondiente chacina a guisa de comunión. Entre ellos y los niños de San Ildefonso que cantaban la lotería era tal el guirigay que a duras penas me quedaba resuello para tragar el pincho de tortilla. Y hubiesen escuchado ustedes el estruendo que se armó cuando una niña cantó el gordo. Ni cien Estentores a las puertas de Troya hubieran conseguido tal hazaña. A buen seguro, las murallas se hubieran resquebrajado y Aquiles no hubiera tenido que ceder en su ira. Ni Agamenon devolverle a Briseida que debía estar francamente bien dotada.
Luego, por la tarde, al salir de casa me topé en el portal con el vecino de abajo que de inmediato me invitó a tomar un café. Fuimos aquí al lado, a uno muy acreditado que hay en la Plaza Mayor. Estaba a reventar de gente y todos, sin la menor duda, eran devotos de Estentor. ¡Dios mío, mi pobre laringe de infiel! No habían pasado tres minutos y ya sentía como que se me estaba lacerando. Por la cosa del querer hacerse entender. Ya saben, típico ambiente navideño que exalta la amistad y promueve el tuteo.
En fin, cosas por las que uno tiene que pasar so pena de retirarse a Las Batuecas que, la verdad, para un rato están bien, pero para más ni con el ciripolen que fabrican allí al lado. Así que vamos a ver como sorteamos hoy la ordalía entrañable. Y por lo demás, me he despertado con la buena nueva de una "Introducción a Homero", de Rodríguez Adrados, que me envia Jacobo. Una vuelta de tuerca más hacia los orígenes de la indagación en el conocimiento de la condición humana. Iliada, Odisea, ahí está todo si bien se sabe mirar.
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