Me pregunto yo que a dónde va a llegar esto. Y no me refiero a lo de los catalinos, que eso ya lo doy por amortizado hasta el próximo brote sarampionoso que, por lógica biológica, yo ya no veré. A lo que me refiero es a un mundo al que se lo están poniendo mal para la cosa de la procreación. Porque es que a nada que insinúas poner el rabo ya te están obligando a dimitir. ¡Imagínense unas procesiones de Semana Santa en Sevilla sin rabo por medio! Durarían, como mucho, dos representaciones más.
Recuerdo cuando en los años setenta trabajaba a veces veinticuatro horas seguidas en un ambiente esquizofrenizado por la lucha sin cuartel que eros libraba contra tánatos: a las cuatro de la madrugada, en la sala de intensivos veinte o treinta personas agonizaban a los sones de una partitura de Stockhausen y en un cuartito adyacente el personal sanitario distraía la tensión coqueteando unos con otras y acaso comiendo una ración de callos a la madrileña. Desde luego que los unos, uno tras otro, tendrían, a la luz moral de hoy día, estar dimitidos no una sino mil veces o más.
A mi todo esto que pasa me recuerda a cuando Penteo tuvo la peregrina idea de meter a Dionisos en la cárcel. ¡Como si eso fuese posible! Y ahora estos idiotas quieren meter a Eros. Porque son tan lelos que no se enteran que o Eros lo impregna todo o la vida pierde su interés. ¿Cómo hubiésemos podido aguantar nosotros aquel trabajo espantoso si el aire no hubiese estado cuajado de orgones?
Estos, señores, y señoras por si acaso, sí que son signos de que no la patria sino la humanidad está en peligro. Esto que parece el triunfo de los monstruos de la razón es en realidad el llanto desesperado de los castrati. Ahora más que nunca toma relevancia aquel librito con el que los libertinos escandalizábamos a los pacatos por aquel entonces: "La función del orgasmo" de Wilhelm Reich. El sueño de todos cobardes es embridar a Eros. Piensan los muy tontos que así pasará desapercibida su impotencia.
En fin, para concluir, que de todas las mamarrachadas que, brotadas de la opulencia, señorean hoy el mundo, la más cómica, y quizá también la más trágica, es ésta de no poder ni siquiera intentar poner el rabo en las procesiones de la Semana Santa sevillana.
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