La Behetría era ayer al mediodía un hormiguero. La gente se había quedado aterida atendiendo a la Santa Misa -imposible, claro, calefactar el mamotreto de Santa Eugenia- y trataba de calentarse al solecillo del atrio mientras hacían comunidad. Después, por pequeños grupos cruzaban la plaza y se metían en La Behetría a continuar el jolgorio. Yo, mientras tanto, zampaba un pincho de tortilla y un café con leche en la terraza sombreada. El calor que traía del camino apenas resistió unos minutos, así que despaché rápido y salí zumbando al banco soleado del otro lado de la plaza para seguir observando sin el inconveniente del tirititeo que diría Camarón.
La escena de la salida de Misa Mayor. Tantos recuerdos de la infancia. Los niños, los jóvenes matrimonios, los viejos. Las autoridades que se demoraban a la espera de que el cura se despojase de sus sofisticadas vestimentas para acompañarle de regreso a casa. Todo ese mundo que ya no se sostiene. Los niños no existen, los jóvenes matrimonios duermen la mona del sábado noche, las autoridades, quizá socialistas, ni de coña se dejan caer por allí, el cura, sin sotana, como uno más. Sólo viejos más doblados que una uve, quizá acompañados de sus hijos sesentones que aprovechan ese instante para dar cumplida cuenta del cuarto mandamiento.
Me preguntaba, entonces, si estaremos haciendo bien al abandonar ese rito semanal de contacto con lo trascendente. Al fin y al cabo no dejaba de ser una terapia para el espíritu de lo más reconfortante. Renovar la conciencia de nuestra insignificancia. Porque, si bien se mira, toda esa chusma que va por ahí a toda mecha en sus superferolíticos cacharros no son más que ángeles caídos que no se cansan de desafiar a Dios. O a las leyes de la naturaleza por decirlo de otra manera. Y por tal es que no dejan de sufrir y cargarse de odios y rencores.
No es que esté diciendo que si la gente cultivase el sentido de lo trascendente dejaría de votar a Podemos, pero casi. La idea de Dios es la conciencia de lo inasible. A los humanos todo se nos escapa de las manos y, si no tienes cabeza para reconocerlo por ti mismo, quizá pudiera servir que un cura te lo recordase una vez a la semana antes de ir a tomar el aperitivo en el bar de la Plaza Mayor que hay en frente de la Iglesia Parroquial.
Bueno, sólo era una somera reflexión sobre un mundo que se va porque, seguramente, otro está venido sin que todavía sepamos muy bien en qué consiste.
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