domingo, 12 de noviembre de 2017

Otoño glorioso



Ayer, un día perfecto para caminar, fuimos de Fromista a Boadilla y regresamos. Unos doce kilómetros en total, la mayoría por el camino de sirga que bordea el Canal de Castilla. Justo por ahí transcurre el Camino de Santiago y aunque ya estamos en la temporada superbaja no por eso deja de haber algún peregrino despistado con ganas de palique. 

En Boadilla sólo quedaba abierto uno de esos establecimientos nacidos a la sombra del prestigio de otros. Y es que en ese pueblo, como ya les he contado alguna vez, hay un albergue que hace las delicias de los peregrinos, así que siempre está saturado y expulsa clientela sobrante en todas las direcciones. El caso es que uno se adapta a lo que hay y allí nos instalamos, al solecillo, en la terraza y nos fundimos una pizza que era la única comida que suministraban, excepción hecha de las aceitunas. En la mesa adyacente había una pareja de peregrinos con los que no tardamos en establecer contacto. Él era un cubano viejo establecido en USA al que el peso de los años se le notaba sobre todo en la movilidad de las caderas. Ella era una americana de Denver  por la cincuentena que no paraba de sonreír a guisa de asentimiento ante la imparable verborrea del cubano. Cubano que, por cierto, no paraba de echar pestes de Trump. Por él estaría ahora viviendo como un rey en Cuba con su pensión gringa si no fuese porque las leyes que ha hecho Trump para cargarse las que hizo Obama se lo impiden. Total que, como cantábamos en el colegio, ¡qué desdicha!/ ¡qué desdicha!/ Que nadie está contento con su picha. 

En resumidas cuentas, que cada vez que me acerco al Camino me entran unas ganas enfermizas de arrancar y no parar hasta Santiago. Sobre todo si es fuera de temporada. Cuando los peregrinos van a cuentagotas. Entonces el ambiente es perfecto para melancólicos irredentos con pulsiones fóbicas. Vas por paisajes vastos subiendo y bajando colinas con los campanarios de las iglesias como puntos de referencia. De vez en cuando te topas con alguien y practicas sin complejos tu mal inglés. Por la noche en la posada, si se cuadra, conversas, si no, meditas. Y luego duermes como un niño. Sí, no cabe duda de que es una buena opción para estos tiempos, ya sobrantes, en los que la desidia hace estragos en el espíritu. Ir y venir por el Camino sin parar desde febrero hasta noviembre, con un receso, quizá, cuando la calor más aprieta. 

En fin, algo habrá que hacer, porque esto se está poniendo ya de un chungo que cuesta aguantar. 

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