Lo bueno del caso a estas alturas de la vida es que con un par de copas de tintorro ya tienes de sobra para celebrar un encuentro eleusino. Quien quiera saber a fondo lo que es eso que recurra a Las memorias de Adriano de Marguerite Youcenar. Pero así, para andar por casa, básteles saber que es una especie de comunión de los santos, pero a lo bestia. Es estar reunido unas horas con los amigos en un lugar amable para que no sustraiga atención de lo que realmente importa, que no es otra cosa que hablar sin tapujos de lo más íntimo de cada cual. En fin, tampoco hay que exagerar. Quedamos en Aguilar, dimos un paseo por los alrededores, fuimos a comer a la posada del monasterio, dimos otro paseo y nos despedimos con la sensación, en mi caso, de que, realmente, merece la pena seguir vivo porque, todavía, de vez en cuando, se puede disfrutar como un chon en un patatal, que decíamos de niños y, encima, con una cierta pretensión de haber salido del trance enriquecido espiritualmente.
El caso es que vine por la autopista acompañado todo el rato por una puesta de sol a mi derecha, sobre la tierra de Campos, que me hizo recordar a aquel centro para mayores que había en Casares de las Hurdes que lo llamaban El Alegre Atardecer. Siempre con la metáfora a cuestas, cuando no con el eufemismo. Porque la verdad es que de alegre nada. Más bien, diría yo, esforzado: me costaba mantener la atención necesaria para conducir. Esa es la realidad, que ya se va el santo al cielo a nada que te descuides. Y no hay nada, pienso, que defina mejor la vejez: capacidad de concentración averiada. Pereza mental, dicho de otro modo.
Así que ya digo, no queda más remedio que esforzarse para seguir sur la brèche. De lo contrario, mejor irse al Alegre Atardecer de Casares de las Hurdes. Porque, además, tampoco es para tanto: todo lo nuevo es elemental. Lo he comprobado esta mañana que he instalado en mi móvil un sistema para intercambiar dinero al instante con cualquiera. ¡Sorprendente! Y ya ven, venía hace unos días pensando que ya estaba bien con lo que tenía, que ya pasaba de más innovaciones, etc.. Me estaba entregando a la fatalidad tiñendo la decisión de sabiduría estoica. Hay que tener mucho cuidado, sí, porque esa es otra de las trampas de la vejez: la imparable tendencia a confundir la pereza con la sabiduría. En definitiva, que qué bien está eso de los encuentros eleusinos y cuanta energía dan para saber distinguir.
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