Siendo estudiante en Madrid me invitaron a una corrida de toros en Aranjuez. Tenía una idea de lo que eran esos espectáculos porque de niño me habían llevado un par de veces a las novilladas que se hacían en Santander con la finalidad de recaudar fondos para las Hermanitas de los Pobres. Pero la de Aranjuez iba en serio y, además, toreaba el Cordobés, una especie de terremoto de la cosa. Bueno, aquello resulto ser una verdadera pesadilla. La localidad que me tocó, bajo un sol de justicia, era incomoda hasta decir basta. Un madero corrido tan pegado a las filas adyacentes que los de atrás te clavaban las rodillas en la espalda lo mismo que tu se las clavabas a los de delante. Por si eso fuera poco, los que me tocaron detrás resultaron ser unos forofos del Cordobés que a cada monada que hacía el tal se ponían como locos, así que imagínense como acabaron mis espaldas. No, la verdad es que todo aquello no me gustó un pelo. Por un lado la promiscuidad insufrible, por otro que ya por entonces me parecía que lo de arriesgar la vida por dinero era una verdadera horterada. Y sí, había leído unos cuantos cantos laudatorios al respecto del subsodicho "arte", pero yo por aquel entonces bebía los vientos por Baroja, o sea que ya había aprendido a tomar distancia de los entusiasmos populacheros. En fin, pocos años después tuve que acudir por compromiso a otra corrida, esta vez en barrera, y después de dejarme ver por las personas convenientes durante un par de toros me largué con gran alivio de mi espíritu atribulado. Y ahí se acabó toda mi experiencia al respecto.
Experiencia como soporte imprescindible de la reflexión. Sin la una o la otra andamos a trompicones. Don Quijote recomendaba que dos en la vida y una en los libros y no al revés. Por eso los jóvenes hacen tantas tonterías y los viejos con memoria son tan comprensivos con ellos. Que esa es otra, lo fácil que se pierde la memoria si necesidad de agarrarse un alzheimer. Pero, en fin, a lo que iba, que de la reflexión sobre la experiencia nace el espíritu crítico y, de ahí, aquello que apostillaba Hamlet sobre las tradiciones, que hay más honor en abandonarlas que en conservarlas.
Y estando en esas, con un repudio nacido de la reflexión sobre la experiencia, voy y me tengo que topar con la evidencia de que comparto ese sentimiento con un tipo gente a la que detesto, y no por nada sino porque me lo he pensado tras haber convivido con ellos. Animalistas y nacionalistas son la punta de lanza contra la fiesta de los toros. Por motivos diferentes unos y otros, supongo. Pero el caso es que ahí está y yo tengo que tragármelo. Y entonces, ¿qué hago? ¿Será que no he reflexionado como Dios manda respecto a lo uno o lo otro? ¿A lo mejor lo de los toros no está tan mal? ¿O es mi desprecio hacia ideas animalistas, o nacionalistas, lo que debiera revisar? Todo esto me pone en un brete.
Lo cual como que es una experiencia más sobre la que me convendrá reflexionar. Porque por muchas distancias que pretendamos marcar respecto de los que no nos gusta como respiran, la evidencia es que si escarbamos no tardaremos en encontrar serios puntos de contacto con ellos. Y es que los seres humanos somos tan infinitamente poliédricos que casi parecemos una esfera que se echa a rodar a la primera brisa que sopla. Por eso quizá debierámos dar menos importancia a lo que hacen los otros y estar más atentos a saber porque hago lo que estoy haciendo. Porque, a buen seguro, la mayoría de las facetas que me configuran no son más que obra de las brisas que me tocaron en suerte. Y si alguna sopló tan fuerte que te llevó a estrellarte quizá te hizo una abolladura de las que no se reparan ni con cinco doctorados en Harvard. ¡Pobre de mí!
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