martes, 7 de noviembre de 2017

¡Manos a la obra!

Bien, ya lo hemos oído por activa y por pasiva, que el arma de destrucción masiva más poderosa es la mentira. ¿Y ahora qué? ¿Es que no vamos a hacer nada para controlar su uso? Porque, sí, ya sabemos que hay mentiras escurridizas a las que es difícil embridar, pero hay otras tan manifiestas y burdas que bien podrían ser fulminadas a nada que hubiese eso tan bonito que le dicen voluntad política. 

Porque hay una cosa que quizá sea cierta, no lo voy a discutir, que la verdad tarde o temprano siempre acaba por aflorar. Supongamos que sí, pero ¿y qué me dicen ustedes de los estragos que causó la mentira durante todo el tiempo que anduvo por el mundo campando por sus respetos? Ejemplos tenemos para dar y tomar y se nos va la vida sin que ni por asomo veamos en lontananza la menor esperanza de luz. Los franceses estuvieron casi todos en la resistencia contra Hitler, los españoles casi todos lucharon contra Franco, los vascos, sobre todo después de haber leído "Patria", ya empiezan a pensar que estuvieron casi todos contra ETA y, los catalanes, ya verán lo que tardan la mayoría en volver a considerar el día más feliz de su vida cuando vieron a las tropas de Franco entrar por la Diagonal. ¿Quién fabrica todas esas mentiras y las arroja sobre un caldo de cultivo propiciado por el sentimiento de culpa? Habría que trincar a esos perillanes y ponerlos a buen recaudo.

Yendo a lo concreto, para empezar a poner orden en las cosas de nuestra patria, estado, nación o como lo quieran llamar, habría que empezar a pedir explicaciones en serio a todos los que usan en vano la palabra Franco y todos sus derivados semánticos. Porque no creo que haya nada que nos esté haciendo tanto daño como la falsificación de aquella realidad en la que se siguen fundando, y recociendo, los odios, resentimientos y, lo peor de lo peor, la división entre buenos y malos, superioridad moral mediante. Si nos atenemos a los entrevistas que se publican a diario, rara es en la que el entrevistado, o entrevistada, perdón, no cuenta que Franco fusiló a uno de sus abuelos, pasaporte, sin duda, a la gloria para toda la descendencia. Pero ya, si el entrevistado es catalán, para más inri, Fanco firmó la sentencia de muerte mientras desayunaba.  ¡Quina barra que tens!  

Es tremendo seguir todavía con semejantes jeremiadas. Roza, si es que no se estampa con la indigencia, sobre todo, intelectual. Los que hemos sufrido de plein fouet los años del franquismo sabemos lo delirantes que eran aquellos profesores de formación del espíritu nacional, pero también recordamos la relativa impunidad con la que hacíamos mofa de ellos y la conciencia que teníamos de que aquellos señores estaban fuera de la realidad. En aquella etapa histórica fue muy temprana la percepción de que había una separación entre el mundo oficial, que era de opereta, y el real que era de despegue generalizado en todos los órdenes de la vida. Bien es verdad que para ello el poder utilizó algunas herramientas poco ortodoxas, típicas de todo autoritarismo, pero la inmensa mayoría, que mejoraba sin parar, ni las notaba. Y el que venga ahora diciendo lo contrario es un felón y merecería la sanción correspondiente a su despreciable condición.   

Así que, en mi humilde opinión, lo primero que tendríamos que hacer en este país para restablecer la calma sería reivindicar el rigor histórico. Dejarse de épicas y empezar a contar el camino de espinas que es imprescindible recorrer antes de entrar en el de rosas. Los años del franquismo fueron duros en la misma medida en que fueron fructíferos. Y en eso ganaron por goleada a los tiempos precedentes que no fueron menos duros, pero a cambio de nada. La gente debiera saber eso para poder pedir cuentas a los que les han estado engañando todos estos años. Porque de eso es de lo que se trata, de pedir cuentas, sin lo cual no es concebible la convivencia humana. En fin, ¡manos a la obra!

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