martes, 28 de noviembre de 2017

Hemorroides

Para saber que el ser humano lo pasa más mal que bien en la vida no es necesario leer a Shopenhauer. En el momento en que te haces consciente de los peligros sin fin que te acechan ya es imposible no vivir con el culo prieto y, de ahí, que no de otra causa, la ingente prevalencia de esa enfermedad inconfesable: las hemorroides. Digamos que es el indigno tributo que nos vemos obligados a pagar los humanos por el privilegio de la razón que nos concedió la naturaleza.  

Sí, ahí está, la razón, ese instrumento que nos permite pensar y que cada cual usa en función de sus habilidades, innatas o adquiridas, que nunca se sabrá cuantas de una u otra clase habrá en cada uno de nosotros, aunque las sensateces prematuras nos hagan sospechar del predominio de las innatas que, a la postre, son las que más molan. Nacer inteligente que le dicen, no nos engañemos, es el verdadero chollo. Y no le demos más vueltas, porque la más auténtica injusticia de este mundo nos viene de fábrica y tiene poca solución: que un listo se malogre es fácil, pero que un tonto espabile, imposible. 

Y en esas estamos, con la injusticia a cuestas e inventando siempre artilugios para que nos pese menos. La dichosa política para que nos entendamos. Creamos varias opciones y el personal se apunta a ellas en función de su cacumen. Todo depende de a quién achacas la culpa de las almorranas que te salieron: a ti mismo o a los otros. Ese es el meollo de la política: te autoinculpas y te quedas en casa a estudiar o culpas a los otros y sales a la calle a dar gritos. Individuos y masa. Conciencia e inconsciencia. Inteligentes y lerdos. 

En fin, sí, ya sé, las cuestiones morales. Nietzsche dixit:

"La moral... Dónde creéis que tiene sus más peligrosos, más rencorosos defensores?... He aquí un fracasado que no posee suficiente espíritu para sentirse satisfecho de lo que tiene, y que no obstante ha recibido suficiente cultura como para saberlo; se aburre, siente hastío de sí mismo, se desprecia; para colmo, desposeído por una pequeña herencia del consuelo supremo, de la "bendición del trabajo", del olvido de sí mismo en la "tarea cotidiana", es un ser que, en el fondo, siente vergüenza de su existencia -tal vez, bajo su más profunda cara, alberga algún pequeño vicio en lo más recóndito de su alma; por otra parte no puede impedir corromperse cada vez más, volverse siempre más vanidoso e irritable debido a lecturas a las que no tiene derecho, o a frecuentar personas demasiado intelectuales para su capacidad digestiva: envenenado hasta la médula-, ya que para un fracasado de esta estirpe el espíritu es veneno, y veneno también la cultura, la soledad y la propiedad; se hunde finalmente en un estado de rencor, en un deseo crónico de vengarse... ¿De qué crees que tiene necesidad, absoluta necesidad, para conservar frente a sí mismo una apariencia de superioridad sobre espíritus más fuertes que el suyo, para darse, por lo menos en la imaginación, la voluptuosidad de la venganza lograda? De la moralidad, siempre de ella, sin duda alguna, tiene necesidad de los preceptos de la moral, de la gran arca de la justicia, de la sabiduría, de la santidad, de la virtud; tiene necesidad de la actitud estoica (¿ah, estoicismo, que bien ocultas lo que no se tiene!...), tiene necesidad de la capa del silencio superior, y de otros idealistas encubrimientos bajo cuyos ropajes vemos a los incurables que se desprecian a sí mismos y que son también los incurables vanidosos." 

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