domingo, 5 de noviembre de 2017

Exorcismo

No soy ni mucho menos un experto en estas cosas pero para mí que cuando se da con la palabra exacta que engloba todo un malestar difuso es como si se produjese un exorcismo que empieza a disolver el malestar. En el caso que nos ocupa creo que ha sido un preso de una cárcel de Madrid el que ha dado con el feliz hallazgo. Le habían colocado como compañero de celda de un indepe catalán y ha pedido a las autoridades que, por el amor de Dios, le cambien de compañía porque no puede soportar ya ni un minuto más la matraca que el indepe le está  dando las veinticuatro... porque solo tiene veinticuatro horas el día que si no más te daría como en la canción aquella de García Lorca. 

La matraca, todo ha sido enunciarla y empezar a desmoronarse el invento. Porque ya está convertido en cosa del tonto del pueblo que en aquella antigüedad tan cercana era al que el cura encargaba de ir por las calles y callejos dando a la matraca, o carraca, tan pronto empezaba el Oficio de Tinieblas. Por eso, la matraca es una cosa siniestra, de tontos, de pueblerinos y de curas. No puede tener peor prensa. 

De todas formas, sirva la lección, porque nadie, empezando por mí mismo, que es el que más me importa, está libre de caer o, incluso, vivir instalado en esa detestable condición de tonto del pueblo encargado de la carraca o matraca, que no sé la diferencia. Uno, sobre todo si está ocioso, se obsesiona con las cosas más peregrinas y ¡ale!, ya se compró el odioso instrumento. No lo olviden nunca, las obsesiones es el artificio predilecto del que dispone el cerebro para librarte de la conciencia de ti mismo, que, no nos engañemos, en la mayoría de los casos, de tenerla, sería insoportable. Así, dando la matraca, te olvidas de quien eres y logras sobrevivir. Es la triste condición humana, no nos hagamos ilusiones. 

Por cierto, nos anunciaron lluvias sin cuento para esta semana que ha expirado. Con los dedos de una mano se han podido contar las gotas que han caído. 


Y en otro orden de cosas, ayer en la BBC podíamos ver un coche sin conductor circulando sin problemas por una autopista israelí. Dentro iban una periodista y el CEO de la empresa que había construido el coche. De fondo, el muro y, más allá, las miserables casbahs palestinas. ¿Por qué este éxito económico israelí y esa miseria palestina?, preguntaba la periodista al CEO. Pues muy sencillo, le contestaba, porque cuando te sientes acorralado sólo tienes dos opciones, entregarte o luchar. Y hemos escogido luchar. Y luchando se consigue todo. Yo hubiese añadido que a condición de tener buenos generales. 

En fin, voy a ver si me doy un voltio por ahí porque estoy que no me aguanto. 

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