lunes, 13 de noviembre de 2017

Sin piedad

Hace años aposente por un tiempo mis reales en la Serralada Central, que así llaman en Cataluña a la sierra que, perpendicular a los Pirineos, baja hasta casi la desembocadura del Ebro, dividiendo el territorio en dos partes perfectamente diferenciadas sobre todo en lo que hace el clima. La parte interior, la Plana de Lérida, tiene un clima maldito, con un calor sofocante en verano y nieblas persistentes en invierno. La parte marítima, ya saben, veranos pestilentes y resto del año una maravilla. Pues bien, allí en la Serralada, tuve la oportunidad de saber lo que vale un peine. Ves las fotos de los sitios paradisíacos y no hueles los purines que acaban de echar en los campos ni sientes el desprecio de los xenófobos que los habitan. Y otras muchas cosas que les pudiera contar, pero sería ya matraca. 

El caso es que había allí una costumbre de la que apenas se ha hablado y que sin embargo ya por entonces presagiaba lo peor. Ibas a un supermercado de la zona y podías observar que había dos tipos de estanterías perfectamente diferenciadas respecto al trato que recibían por parte de los clientes. En unas, las más accesibles, sólo había productos fabricados a casa nostra, en las otras, al fondo, lo de afuera, o sea, lo español. Ya se pueden imaginar en cuales se suministraba la chusma xenófoba. Los mismos tenderos ya se encargaban de facilitar el triaje. Una cosa, como ven, la mar de simpática. 

Pues así, tacita a tacita, como decía Carmen Maura en aquel famoso anuncio, las cosas han llegado a donde han llegado y no habrá sido porque algunos no lo hubiésemos advertido, eso sí, encontrándonos casi siempre con una pared de escepticismo cuando no de franco rechazo. ¡Cataluña, por Dios, con la clase que tiene aquella gente! El desing y todo eso. Barcelona, cuna de la modernidad, etc.. Y así, con la inopia bobalicona de los unos, los otros, a la chita callando, hacían su labor de zapa. Y al final, consiguieron llegar a donde querían: a una vida mejor, pero entre rejas, que es lo que tiene no saber distinguirlas de las rajas. ¡Perdón, no me denuncien! 

El caso es que yo ahora me regodeo sin el menor atisbo de piedad viendo como mean sangre, por emplear su propia expresión. Todo lo malo que les pase será poco en comparación con el daño causado. Pero, sin embargo, nunca la alegría puede ser plena en casa del pobre. Hay cosas que veo en la segunda parte de la parte contratante que no me gustan un pelo. Anoche, pasaba junto al parque infantil que hay en el Salón y pude ver como los niños que allí estaban columpiándose cantaban a coro ¡Soy español, español, español! Pensé que los imbéciles del otro lado están aprovechando la coyuntura para promover un patriotismo folklórico, madre, sin duda, de futuras desgracias. A la chusma, pensé, no hay quien la saque del nauseabundo juego de acción y reacción. ¡Pues yo más que tú! Y ahí se estanca su cerebro. En España estamos muy bien con este patriotismo aburrido que encarna la Constitución. Y tan enemigos, o nacionalistas, como ciertos catalanes y vascos, son los que quieren combatir ese aburrimiento desvirtuando su aquilatada mesura. Como escuche una vez decir a un hombre sabio, a tu país le debes amar en la medida que él te ama a ti.  Cuando como un buen padre te garantiza derechos y te exige deberes. En fin, como cuando la Sra. Esperanza se plantaba desafiante delante de un Sr. Manolo inesperadamente verborreico y, tras un rato de tenso silencio, exclamaba: ¡Eso! 

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