miércoles, 22 de noviembre de 2017

Cuestionando

Ayer, creo que fue en El Mundo, me topé con un artículo que, dando muchos rodeos como para despistar, ponía en cuestión la salud mental de los propietarios de perros. Al cabo de un rato quise leerlo otra vez para cerciorarme de que había leído bien, pero no conseguí dar con él. Pensé que algún censor había ordenado su inmediata retirada. Con la religión no se juega, pensé. 

Hoy veo una foto estremecedora de Madrid, con su boina más negra que el sobaco de un grillo, como decían los proscritos. Da igual, porque del coche no nos vamos a bajar porque sería un sacrilegio. Hay muchas otras cosas que contaminan dicen los fieles indignados. Que empiecen por ellas y luego ya veremos. ¡Oye, total por unas toses de más! La cosa tampoco es para tanto. 

Luego voy y me entero de que un nacionalista vasco le ha dicho a uno de ciudadanos que es un ignorante y no sabe de qué está hablando porque, éste, ha cuestionado el "cupo" de aquel. Otra religión, los vascos tienen derecho al cupo por gracia divina y sanseacabó. No hay más que hablar. 

Lo del monotema, ya, para qué seguir. Cojan, agarren La Vanguardia y verán de qué poco ha servido todo lo que ha pasado. La verdad revelada no se borra de los espíritus tan así como así. Se necesitarían, como siempre ha sido a lo largo de la historia, ríos de sangre para sólo desvaírla porque, desengáñense, hacerla desaparecer ni con la bomba de neutrones. 

Lo de los asaltos sexuales, de traca. No hay tía buena que en su temprana decadencia no denuncie a algún famoso. Ayer le toco a Charlie Rose. ¡Vaya por Dios! Se podían acordar las muy golfas de cuando estaban venga a sacar prebendas a costa de su buenez. 

El asunto es peliagudo, sí. Porque se ha instalado en el mundo una lógica perruna. Lo que quería Hitler más o menos. Es decir, que el respetable no sepa distinguir los matices que separan la lealtad de la sumisión. Es una cuestión de cuestionamientos, valga la redundancia. Lo nuestro no se cuestiona porque ese es nuestro concepto de la lealtad dicen los muy necios camino del despeñadero. El acatamiento ciego de lo que parece que me beneficia, la religión de los perros. La sumisión grabada a fuego en el ADN. 

En fin, cuestionen por favor, a ver si así acabamos de una vez con toda esa inmundicia que dejan los perros por las esquinas y farolas de la ciudad.  

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