Ayer les comentaba sobre la mentira como arma de destrucción masiva donde las haya. Pero hoy tengo que rectificar y decirles que las hay más letales: sin la menor duda la estulticia. Stultorum infinitus est numerus, podemos leer en el Eclesiastes, esa parte de la Biblia tan recomendable que de hoy no pasa que vuelva a echarle una ojeada. U hojeada que no sé.
El caso es que entre unas cosas y otras uno está nervioso, sin poder centrarse en nada de provecho, venga a mirarse el ombligo y encontrando escapatorias por campos minados. No, no creo yo que esté bien resuelto, ni mucho menos todo esto del desarrollo. El modelo escogido deja a su aire tal cantidad de flecos que es imposible avanzar sin enredarse en ellos y, a la postre, acabar asfixiado. Lo pensaba ayer viendo un reportaje sobre la actual situación de Nueva Delhi. Es como si estos señores, me decía, hubiesen inventado el cero para multiplicarse por él. Porque si no hacen algo de aquí a cuatro días morirán todos, que se lo digo yo que fui especialista en el tema del intercambio gaseoso a través de la membrana alvéolo-capilar. Porque mira que hay que tener tesón autodestructivo para haber conseguido llegar a esa calidad del aire que respiran. Ya digo, infinitus estultorum.
Los ejemplos ajenos que uno contempla a diario son, eso, infinitos, pero de nada nos sirve su constatación si no conseguimos vernos reflejados en ellos y tratamos de cambiar nuestras costumbres. Porque como dijo Noséquién, nadie está tan libre como para poder tirar la primera piedra.
Definitivamente, voy a volver al tren para los desplazamientos y a la lectura de libros para informarme. A ver si consigo limpiarme un poco el espíritu y me sosiego.
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