domingo, 26 de noviembre de 2017

La cuestión candente

Se sabe desde la más remota antigüedad que la tarea más ingente que puede, y debe, acometer un ser humano es la de conocerse a sí mismo. En ese esfuerzo se le va la vida con resultados inciertos de los que depende el ser o no ser. Porque no nos engañemos, las personas son personas en la medida que se conocen o, dicho de otro modo, según la capacidad que generan para reírse de sí mismos, porque a la postre, convénzanse, todos somos de chiste. Y esto es, más o menos, todo lo que hay que saber para conseguir un cierto buen pasar por el mundo. Pero, en fin, como he dicho de entrada que la tarea es ingente, ya podemos suponer que los mortales, en su inmensa mayoría, nacen, viven y mueren, en la más total inopia respecto a lo que son, lo cual que viene a ser causa más que suficiente para tanto desafuero y malestar como el que estamos acostumbrados a ver en las primeras planas de todos los medios.

Y, esta inopia de los individuos, me parece, se podría extrapolar a los países. La historia que nos solemos contar los unos a los otros suele ser una adaptación burda de la realidad que cada cual hace en función de intereses desencadenados en lo más profundo del inconsciente. Así, para saber de alguien, pocas cosas hay más útiles que dejarle que te cuente quienes somos y de dónde venimos. Y suele dar igual lo que uno haya tratado de instruirse porque, como demuestra la experiencia de los amigos Sánchez Albornoz y Américo Castro, una erudición exquisita puede llevar a interpretaciones totalmente dispares. En realidad, lo más divertido de los libros de estos señores son los insultos que se lanzan el uno al otro que ni las pescateras de Puertochico se atrevieron nunca a llegar a tales cotas de vulgaridad. 

Sea como sea, el caso es que hace unos meses, con ocasión de un evento familiar, tuve un tête à tête con un sobrino por lo demás encantador y con motivos más que de sobra para ser persona ilustrada. Comentando entonces sobre la manía que les había entrado a algunos munícipes de cambiar los nombres de las calles, me dijo que no entendía ese ensañamiento con personajes de tres al cuarto cuando, después, no les importa que las calles principales lleven el nombre de los que cometieron genocidios en América, Pizarro, Cortés y así. Me quedé de piedra, la verdad, y sólo le pregunté si había leído la obra de Bernal Díaz del Castillo, que por supuesto que no. Bueno, lo que cuenta es que así corre el mundo, y, además, considerando que siendo él de la región levantina, y de simpatías sociatas por demás, la cosa tenía poco misterio. Pero esa es otra historia. 

Y sí, así corre el mundo, pero no todo. También está María Elvira Roca Barea que con la autoridad que le dan sus estudios en los más prestigiosos centros del mundo trata de poner las cosas en su sitio. O mi admirada Cayetana que es que es como si hubiese venido de Oxford para sacudir las telarañas de los ojos de la crème de la intelectualidad. Porque, sí, nuestra crème ya nos tiene aburridos con sus tópicos y monsergas. Y la juventud se les escapa hacia pastizales más jugosos y no siempre saludables. Así, les comentaba ayer a mis amigos en la tertulia mañanera de La Cañía el caso de mi querido Savater, la persona que seguramente más me ha enseñado en esta vida. Pero ahí sigue el hombre cultivando la cizaña en medio de las flores. Que el franquismo le metiese en la cárcel una semana o lo que fuere no puede ser para un intelectual como él el color del cristal a través del cual ve toda aquella época. Necesitamos que se sacuda la mugre y nos cuente porque hay una diferencia tan grande de percepción entre, un suponer, Ataturk y Franco. Uno un héroe y el otro un villano, cuando en términos históricos podríamos decir que se parecen casi como dos gotas de agua. Savater, y otros como él, nos deben una explicación al respecto. Porque, seguramente, ni uno fue tan héroe ni el otro tan villano y, lo que sí, es que con instrumentos muy similares sacaron a sus países de la edad media y los pusieron en la modernidad. Y ese sí que es un hecho objetivo. 

En fin, lo dicho, conocerse y conocernos para vivir mejor: esa es la cuestión candente.  

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