Del sobrevolar diario por los periódicos digitales, hoy me queda una frase: el ser humano, cuanto mejor está, más protesta. Se trata de una percepción de la realidad que algunos datos fehacientes confirman. Las estadísticas no engañan cuando las cocina el MIT y ahí, precisamente, reside la madre de toda esa agresividad que exhibe la carne amontonada, que el 99,999... por ciento de los que la constituyen no tienen ni zorra idea de qué demonios será eso del MIT. La ignorancia partera de todos los sufrimientos.
Pero no hay que hacer mucho caso de todo ese gimoteo grotesco de las masas encandiladas porque los dioses omnipotentes están sobre todo atentos a los diez hombres, o quizá mujeres, justos que trabajan en el MIT. En ellos tienen puestas todas sus esperanzas respecto de la salvación del mundo y no van a consentir que la queja que no cesa porque a trueque de quejarse habían las desdichas de buscarse se les lleve por delante.
Por cierto que necesitábamos lluvia, pero no tanta como para quemar al santo, valga el sinsentido. Llevo diez días sin poder coger la bicicleta y ya empiezo a estar de los nervios. ¡Lo que son las drogas! Unos cuantos días más de abstención y me pongo a disparar dardos al cielo. En fin, menos mal que uno es polidrogadicto y el mono de una me lo quito con doble chute de otra. Aunque no es lo mismo, claro, porque, como se suele decir, no es inteligente poner todos los huevos en la misma cesta. De hecho, ya se me han roto unos cuantos.
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