La mayor parte de mi vida he tenido tendencia a limitarme a círculos en los que el cemento cohesionador estaba hecho a base sobrentendidos sacados del cine, la literatura, la historia y demás vicios solitarios. Por así decirlo siempre he procurado pertenecer a clubs de onanistas, de esos que no tienen estatutos ni local ni nada que exija constancia y sometimiento. Y, no sé, pero aseguraría que así la vida se me ha hecho bastante llevadera, aunque no se me escapa que de tal guisa voy bastante a ciegas respecto de lo que el mundo real es.
Ese mundo real que tienes la oportunidad de contemplar de cerca cuando sales de tu torre y te mezclas con los proscritos. Entonces va y resulta que, una vez terminada de interpretar la partitura de El Tercer Hombre, le dices al compañero de al lado: maravillosa película. Y el tío no entiende nada. Claro, como compartir actividad le ha hecho coger confianza me fríe a watsapps de una inanidad exasperante. Hoy me he tenido que desayunar con uno en el que un loco, médico por cierto, llama hija de puta a la Presidenta de su comunidad autónoma más de mil veces en menos de tres minutos.
El mundo real es ese, gente que hace bien su trabajo, que ayuda a mantener el sistema engrasado, pero de la que es difícil fiarse una vez se conoce su baja estofa, como se decía antiguamente. Y es que sin la tensión espiritual que proporcionan los vicios solitarios el personal tiende a constituirse en pura baja pasión y los dioses te libren de que te ponga en su punto de mira.
En fin, uno sabe más o menos lo que es por los amigos que tiene. Gente sofisticada sin duda, con muchas horas de indagación solitaria a sus espaldas y que, por tal, sólo creen en la inaccesible complejidad del presente y la incontestable incertidumbre del futuro. Lo que pasa es que luego va uno, sale de la torre y si observa con cuidado tiene que reconocer que esa gente que no sabe quién es El Tercer Hombre hace lo que es específicamente suyo mucho mejor que tú lo que es específicamente tuyo. Y entonces vas y si no eres tonto, bajas los humos y te limitas a una sonrisa cuando te hiere su vulgaridad. Porque esto, al fin y al cabo, debiera ser lo primero que se tendría que aprender con los vicios solitarios.
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