"Estaríamos perdidos, hijos míos, si no hubiéramos estado perdidos". Un juego de palabras que pudiera parecer una bobada, pero nada más lejos. Porque eso fue exactamente lo que dijo Temístocles a los atenienses en su arenga antes de entrar en combate en la batalla de Salamina, una de las más decisivas, sin duda, de la historia de la humanidad. Porque, ¿cómo hubiese sido el occidente selecto de hoy de haber ganado los persas aquella batalla? Es fácil suponerlo después de haber visto aquella película, "Persépolis", la historia de una sociedad perdida porque nunca se sintió perdida. Siempre en manos de tiranos.
En realidad, si uno mira alrededor no tarda en caer en la cuenta de que todas las grandes obras de la literatura, y de la vida por tanto, no son más que historias de personas que sintiéndose perdidas sacaron fuerzas de flaqueza para superarse. Es en ese nexo invisible entre la desesperación y la superación en donde reside la clave del ganar en dignidad y gobierno de sí mismo. Del dejar de ser persa, en definitiva.
Pero no es fácil todo eso. Porque es la tarea del héroe: querer ser. Sin miedo a morir en el intento. O a perderlo todo, empezando por la consideración de aquellos en los que más confiabas. En fin, lo de siempre, y mientras tanto, por un lado, los walking deads suplicando que les suban las pensiones y por otro los frikis con flequillo pidiendo permiso para ser independientes. No sé, quizá tuviese razón aquel que dijo que el que pierde la guerra con las armas la gana con las ideas y así es que hoy día haya por ahí más persas que otra cosa. O nazis, que viene a ser lo mismo. Nunca perdidos.
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