Cada cual es muy libre de mitificar lo que le venga en gana. Yo diría que el único problema de tal prebenda es cuando el mitificador se replica indefinidamente, coge confianza y empieza dar la matraca con su tema. Puede ser el fútbol, puede ser la patria, pueden ser los animales, la comida, los viajes y, ya puestos, incluso la cultura en su acepción más univoca, o universal, es decir, la que arrampla con lo mejor de cada rincón del mundo expurgado previamente de todo matiz sentimental. En fin, hay gente pa to, pero, no sé si para nuestra desgracia o fortuna, muchísima más para unas cosas que para otras, aunque, como somos tantos, pareciera que incluso para las que menos hay son también legión de adeptos que no tienen empacho en guardar las colas que sean necesarias para satisfacer su pasión.
Cuenta hoy Fernando Aramburu en su esperada homilía dominical de El Mundo que en Alemania, donde vive, la gente no solo hace largas colas para asistir a la presentación de un libro sino que también está dispuesta a pagar la nada despreciable cantidad de veintitrés euros por tal de someterse a la tortura de escuchar al autor. Claro, comparado con el fútbol, en la misma Alemania, es una nimiedad, pero si llevamos la comparación al mismo acto en, digamos, España, la cosa ya cambia, porque aquí, no sólo suena extraterrestre lo de pagar por tal cosa sino que si no hay croquetas por medio no va ni dios. A mí, la verdad, como soy tan de aquí, me parece inmensamente más civilizado lo nuestro, porque a quoi bon ir a dejarse pastorear. Quizá charlar con el autor de tú a tú en ambiente amigable podría interesarme, pero, la verdad, prefiero mil veces comentar con mis amigos del alma lo que hemos leído. Un autor, para mí, es lo que escribe, y me importa un bledo si recoge las caquitas de su perro o tiene una señora encantadora. Saber eso está bien para que las porteras se luzcan cuando salen de copas. Pero para sacar algo en limpio, primero la soledad del lector y luego, si se tercia, comentar la jugada con los amigos, que para eso están.
Así que, por mi parte, nada de ese complejillo de inferioridad que destila la aludida homilía de hoy. Más bien diría que los acomplejados son los que pagan por asistir a esos actos promocionales sin comer por ello una mala croqueta. Al fin y al cabo, los que fuimos educados como Dios manda, aprendimos a temprana edad que donde no hay publicidad resplandece la verdad. Y por eso somos tan reacios a mitificar lo que sea y a las paellas de Vicente, las que dan de comer a más gente. Aquí, en este país, estamos tan curados de adorar santos que incluso ponemos peana de genocidas a tipos como Cortés o Pizarro y, ya, en plan despiporre, convertimos a Cervantes en proxeneta de su mujer e hijas.
En fin, ya digo, cada cual es muy libre, pero a mí dame donde la gente va por las croquetas. Me parece mucho más culto.
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