Pertenezco a una generación que bien se podría llamar la del "porái". Te levantabas, en verano claro, desayunabas y te ibas a la calle hasta la hora de comer. Dónde has andado, te preguntaban, y tú indefectiblemente contestabas: porái. Comías y más de lo mismo hasta la cena que volvías a contestar porái. Y así un día tras otro. Y por el medio, habías asaltado huertas, habías pescado truchas a mano, habías fumado picadura, habías subido Alisas en bicicleta. Y un montón de cosas más que quedaban englobadas a efectos justificatorios en un simple porái. La libertad de acción parecía que fuera absoluta y eso que gobernaba Franco.
Claro que, de vez en cuando, llegaban a casa noticias de las andanzas -un propietario de perales que se quejaba, una multa del guardarríos... - y no había forma de salvarse: pagabas los estropicios a precio de oro. Porque ese era el pacto tácito: el que la hace, la paga. Y su corolario: lo que no quieras que se sepa, no lo hagas. En definitiva, el aprendizaje de las limitaciones indispensables de la libertad.
Ahí está el quid, en las limitaciones, que, una de dos, o te las impones tú o siempre acaba por llegar Paco con la rebaja -otra de las máximas paternas que solía menudear-. Muy delicado todo, por supuesto, porque el cerebro humano tiende al patinaje artístico sin tener en cuenta las innumerables horas de entrenamiento que eso exige si no quieres matarte a porrazos. Así es que, se mete en faena, a la de dos coge confianza y tira a degüello convencido de que a causa su superioridad congénita no puede fallar. ¡Sancta simplicitas!
Pensaba en estas cosas a propósito de los pobres chicos de El País que están pagando estos días por las peras que robaron, las truchas que pescaron a mano y todas las demás travesuras que hicieron por saberse consentidos por una sociedad a la que tenían sentimentalmente secuestrada. Ese libro que ha escrito Arcadi Espada les deconstruye, como se dice ahora para señalar que en realidad iban desnudos por la calle. Detrás de su pretendida superioridad moral no había más que una miserable vulneración de las reglas del juego para conseguir el poder político para los suyos. Algo que quizá todos hacen, desde luego, pero es que hay grados y grados y, los de El País, se pasaron tanto que ahora se tendrán que curar las quemaduras. Es divertido en cualquier caso ver a los curas en la hoguera. Los Savonarolas, quiero decir. Aunque no hay que hacerse ilusiones, claro, porque se sabe de antiguo que a la hidra le cortas una cabeza y le salen siete. Y lo de sentirse moralmente superior es hidra donde las haya.
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