Cien mil kilómetros cuadrados para dos millones y medio de personas dan mucho de sí. Si a eso le añades dos de las más antiguas universidades del mundo con lo que te encuentras es con la realidad de Castilla la Vieja. Ayer, domingo de una primavera incipiente nos abandonamos al territorio y fuimos a recalar en Valoria la Buena. Entre sol y nubes, el viento del sur traía humedades premonitorias de bonanzas patrimoniales. Este año toca resarcirse. Veremos en qué queda.
Por el camino, entre los campos en franca eclosión ya, aquí y allá, siempre muy alejadas del caserío, inmensas granjas supermodernas que alimentan de materia prima a la poderosa industria alimenticia de la región. Luego, las afueras del pueblo con su inevitable ringlera de adosados que se ofrecen a precio de saldo sin que nadie parezca picar el anzuelo. La iglesia imponente en medio de un no menos imponente trampantojo. Porque, la impresión dominante es que no hay prácticamente nada detrás de la inmensa mayoría de esos muros. Es como aquello de "estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora campos de soledad, mustio collado, fueron un tiempo Itálica famosa". Allí hubo vida, pero ahora, apenas cuatro jubilados resistentes y algo de parque temático para domingueros aburridos. Por lo demás, la gestión del fastuoso campo circundante corre a cargo de empresarios agrícolas que aunque conservan cierta ligazón con el pueblo residen en la cercana Valladolid.
No fue difícil sino todo lo contrario, extraer información. Tres señoras de muy distinguido aspecto paseaban las calles desiertas. Seguro, pensamos, han venido de la ciudad o ir la santa misa y echar un vistazo a sus propiedades. Al final, cuando se disolvieron, trabamos conversación con una de ellas. Vivía sola allí, aunque uno de sus hijos, el que se quedó a cargo de las tierras, viene todos los días desde la ciudad a dirigir el funcionamiento de las instalaciones agropecuarias que ha levantado a las afueras. Los otros hijos, empresarios y funcionarios por esos mundos de Dios. Tenía necesidad de hablar aquella señora y, no la hubiéramos cortado y todavía estuviésemos allí. Pero nos informó de un bar para comer, frente a la ermita, que, cosas de la vida, es propiedad de Amancio Ortega, el de Inditex. Por lo visto es oriundo del pueblo y ha cedido la casa de sus antepasados para actividades culturales y lúdicas. Aparte de que paga el adoquinado de calles y demás mejoras que los cuatro resistentes del lugar le agradecen como es natural en los bien nacidos. El bar, de nombre Gaona, el apellido del abuelo de Amancio, no estaba mal y nos dieron un menú aceptable con una atención de primera.
Restaurados, y más, ya, nos fuimos a caminar por el campo. Entre ir y venir por un camino agrícola echamos un par de horas. El paisaje, cerrateño, se lo pueden imaginar. Indescriptiblemente hermoso como diría Pla. Y sólo acompañados por el alegre guirigay de las calandrias que ya acusan la primavera. En fin, de vuelta, un pequeño sesteo en un banco del parque y media hora de coche después para cerrar el ciclo. A ver si el próximo fin de semana el tiempo nos permite agarrar la bicicleta, porque esto del coche... dije mientras conducía.
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