Las personas normales entre comillas nos consolamos abriéndonos a los amigos. Nuestra faceta draculiana, por así decirlo. Así ha sido siempre y supongo que seguirá siendo por los siglos de los siglos, amén. Y entonces va el listillo y piensa que se puede forrar si sabe canalizar eso. E inventa, un suponer, Facebook. Y la gente se tira en trompa porque descubre que abrirse ahí no tiene las engorrosas contrapartidas que engendra el abrirse artesanalmente. Así, digamos, se engendra consuelo en dosis industriales y nadie tiene por qué sentirse ofendido por ello. Como María Sarmiento, la gente se alivia y luego se lo lleva el viento.
¿Bueno? ¿Malo? Ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario. Las cosas son, a mi juicio, porque les llega su turno. Entonces, ahí, se abren nichos de oportunidad sobre los que se lanzan los más avispados. Esto no hace falta que lo diga yo que ya quedó claro en La Riqueza de las Naciones. Y así, ahora, están pasando cosas que escandalizan a unos e iluminan a otros. Y el mundo sigue su imparable marcha hacia ninguna parte.
Si te ha gustado, dame un inocente like, terminan todos los tutoriales que veo que son unos cuantos. Y mira tú por donde que no son inocentes. Porque like a like, yo voy dejando mi perfil psicológico al alcance de los avispados. Saben lo me gusta, lo que nó y a qué horas me la suelo cascar. Al final saben más de mí que yo mismo. Mis puntos débiles por donde está tirado entrarme para sacarme unas perrillas.
Eso, cierto tipo de avispados. Pero hay otro tipo, el de los que emplean esos datos para ampliar la primera de todas las ilusiones humanas, aquella de conocernos a nosotros mismos por considerar que tal es la mejor manera de elevar los stándares de bienestar sobre la tierra.
Y en esas estamos porque es lo que toca. ¿Que los perversos utilizan esos conocimientos para manipular la democracia? Bueno, a lo mejor es que la democracia necesita reconsiderarse a sí misma. ¿Porque qué hay en el mundo que se mantenga operativo si no está en un constante proceso de reconsideración? Y, luego, están los otros, los que buscan fuentes de luz en esa maraña. Ya veremos, el tiempo dirá si la encontraron. Pero, en cualquier caso, obras son amores, y yo los tengo a diario en esos tutoriales que me ponen como una moto. La Chica de Ipanema y cosas así.
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