Estoy leyendo una novela escrita por un amigo salmantino que me tiene sorbido el seso. Digamos que tiene la estructura de "Los Viajes de Anacarsis a la Antigua Grecia" del Conde de Barthelemy o "Creación" de Gore Vidal, por citar dos que conozco bien. Un inglés nacido en las colonias a principios del XX va de aquí para allá, buscando siempre meterse en todos los grandes líos que configuran la historia de su siglo.
Estoy todavía en la primera parte, la Guerra Civil española, de la que por cierto nunca se acaba de saber todo lo que hay que saber para aproximarse un poco a la verdad. Lo bueno de esta novela, a mi nada modesto parecer, es que sin darle importancia y como el que no quiere la cosa te hace comprender que hay pocas fake news tan perniciosas como la historia oficial sobre esa guerra que impera en el mundo. Una fake news recocida a base de los millones que la propaganda soviética invirtió a tal fin. Bueno, al fin y al cabo ya no es noticia para nadie que el imperio soviético se hundió fundamentalmente a causa de sus ingentes gastos en propaganda. Y así es que el imperio ya no existe, pero su estela fake news continua viva.
Digamos con Maria Elvira Roca Barea que esa forma de ver nuestra Guerra Civil no es más que una prolongación de la leyenda negra que no cesa por razones que sería conveniente analizar para tratar de ponerle remedio si es que ello pudiese merecer la pena. Porque sabido es que si uno tiene conciencia de que cabalga, pelillos a la mar los ladridos que se escuchan en lontananza. Y España, desde los años cincuenta del siglo pasado para acá cabalga al galope sin que de momento dé signos de agotamiento. Esos son los hechos y, lo demás, allá cuidados, como Terete con sus corderos asados.
En resumidas cuentas, que no porque den igual los ladridos en lontananza tienen que dejarnos indiferentes los que se escuchan en casa. Creo, y nunca dejaré de insistir en ello, que este país necesita quitarse de encima la costra de mugre que le puso encima aquella propaganda que les decía. Franco fue un dictador militar que en su vida se gastó un céntimo en armamento. Por eso es una imbecilidad asociarle a los dictadores fascistas o comunistas de su época. Para mí, a estas alturas, que fue una especie de prefecto de colegio, el encargado de la disciplina, la herramienta principal para asegurar el éxito de la enseñanza. Y sí, era un prefecto bastante cabrón e incluso arbitrario, pero el colegio, al fin, entró en el club de los sobresalientes mientras que todos aquellos que nos ponían la costra encima son ahora los últimos de la fila. Esos son los hechos y ya está bien de negarlos. Porque la historia de las naciones, como la de las personas, nunca es un dechado de pureza, pero al final lo que cuenta es cómo se vive y, aquí, según todos los parámetros internacionales, lo hacemos de coña.
En fin, que ya está bien de consolar a los perdedores dejándoles que cuenten las cosas a su manera. Así que ya va siendo hora de decirles que están equivocados y que dejen de dar la vara con sus mentiras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario