Quizá la mentira más piadosa de todas es esa que achaca a las movilizaciones sociales los grandes cambios de la historia. Las dichosas revoluciones que ya son el no va más cuando cortan cabezas. Yo, lo siento, pero para mí todo eso no es más que la espuma de los días. O carne amontonada, como le gusta llamarlo al periodista Sostres. Nada, en definitiva que aporte un ápice a las mejoras, más allá de consuelo a los desfavorecidos de los dioses, sobre todo de la diosa Atenea que es la de las neuronas.
Y esa es la cuestión que nos tiene aconhortados, que de tanto consuelo institucional el populus no se purga y vive en permanente estado de indigestión. Ningún medio, público o privado, sale al paso de tanta impostura, y cuando algún individuo grita que el rey va desnudo le cuelgan de inmediato el sambenito de la locura. Pero así y todo el mundo avanza imparable porque la naturaleza así lo tiene dispuesto. Por alguna extraña circunstancia de orden genético hay individuos que se sientan en una mesa delante de un libro, con un cuaderno y un lápiz y montan la de San Quintín. Ha habido unas cuantas docenas de ellos, sin los cuales, no se hagan ilusiones, todavía no hubiéramos bajado de las ramas.
Y en eso, a mi nada modesto juicio, estriva todo: una silla, una mesa, un libro, un cuaderno y un lápiz, y un irreprimible deseo de saber. La única revolución posible, la que hacen todos los días los millones de personas que utilizan esos elementos para dar sentido a sus vidas. Todo lo demás, llámenlo como quieran, conjura de los necios, carne amontonada, sindicato de hostelería... en fin, todo lo que sirve para redistribuir la renta, que tampoco está mal.
En fin, el consuelo de los desfavorecidos, ese es el gran negocio de los vivillos. Y a eso llaman revolución.
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