Éste es a mi nada humilde parecer uno de los tramos más hermosos de El Camino, entre Boadilla y Fromista, bordeando el Canal de Castilla. Ayer, venía cargado de peregrinos que recibían de plein fouet sobre sus caras un viento del sudoeste potente y helador. Pero parecía no importarles a juzgar por la sonrisa que acompañaba a su inevitable saludo cuando te les cruzabas. ¡Buen camino! Lo aprenden nada más cruzar Roncesvalles y pronto se convierte en un mantra que no les abandonará hasta llegar a la Plaza del Obradoiro.
Bueno, ya sabemos que la gente en general hace lo que sea, incluso ir a las procesiones, con tal de no quedarse en casa. La propia casa, en la que no suele faltar de nada, paradójicamente se ha convertido para la mayoría en una suerte de infierno. Algo así como en aquel cuento de Poe en el que el protagonista, sentado en el salón, no podía dejar de oír el ruido que hacían las paredes al agrietarse. Porque claro, es evidente que no hay pared que no esté agrietándose en todo momento, porque todas acaban por hundirse, pero la cuestión es que lo hacen a un ritmo tan lento que sólo una sensibilidad exacerbada por el aburrimiento puede captarlo.
Claro que para todo hay grados, pero ya lo advirtió Erasmo de Rotterdam, que hace mal el que no sale todos los días a dar una vuelta por ahí. De no hacerlo, hasta el más apalancado de todos acabará por escuchar la música infernal de las grietas que se van formando. Así que, una de dos, o te inventas objetivos a distancia o acabas por volverte loco. Y ahí es donde entra en juego la imaginación y el saber escoger. ¿A dónde salgo y para qué? Porque no son los lugares desde los que se divisa la inmensidad de los mares los que curan los alifafes del alma, sino las ampollas que se forman en los pies tras una penosa jornada repitiendo el mantra, ¡buen camino!, sin apear la sonrisa. Lo dice la experiencia y qué le vamos a hacer si es así. Nos vemos en el Obradoiro.

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