"Sencillo es el relato de la verdad y no requiere además rebuscados comentarios. Porque los hechos mismos le dan oportunidad. En cambio el discurso injusto, al ser enfermizo de por sí, necesita de sabios medicamentos."
En las tragedias de Eurípides se suelen pillar sentencias sobre el lenguaje que no tienen desperdicio. En la que les acabo de transcribir utiliza una metáfora, la de los sabios medicamentos, que por oficio, pillé a la primera. Porque, supongo, todos los oficios están contaminados por los sabios medicamentos con los que los incompetentes tratan de mantener el tipo. Desde luego, doy fe de que entre los médicos se usan y abusan hasta la saciedad. Pero es a la retórica a la que se refiere Eurípides. La retórica utilizada para revestir de dignidad a la mentira. Lo que llaman sofística. Aunque, para que todo el mundo lo entendiese se debiera llamar simple y llanamente política. Política democrática en concreto. Porque es que, saben, Eurípides no parecía creer mucho en la democracia. Como tantos otros intelectuales griegos que llegaron a la conclusión de que era un sistema que inevitablemente abocaba al gobierno de los peores.
La verdad, todo el mundo lo sabe, es parca en palabras. Es más, prácticamente no las necesita. Se intuye, se ve a la primera. Lo que pasa es que las verdades a las que tenemos acceso no son muchas y su aceptación exige fortaleza de ánimo. Por poner un ejemplo, la responsabilidad individual. ¿Piensan ustedes que hubiese sido posible el proceso civilizatorio sin el recurso de la responsabilidad individual? Y, sin embargo, nunca hubo líderes más queridos a lo largo de la historia que los que trataron de enmascarar esa responsabilidad trasladándola al ámbito de lo colectivo. Y para ello necesitaron inventar millones de palabras que no querían decir nada, pero que sonaban armoniosas... el pueblo y todo eso. ¿Alguien me quiere decir que significa pueblo? Porque si lo que quieren decir es chusma, entonces sí que lo entiendo. ¡Total, ya puestos!
Es curioso, porque escuchando las Analectas de Confucio me quedé con la copla de que pocas cosas molestaban más al maestro que la retórica. Estaba convencido de que solo servía para engañar. Fuera de la música, a la que adoraba, la mejor expresión de la verdad era para él el silencio.
En resumidas cuentas, como siempre se dijo entre los adeptos a La Codorniz, donde no hay publicidad, resplandece la verdad. ¡Y luego dicen los necios que cuando lo de Franco no había cultura en España!
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