Polinices ha levantado un ejercito para recuperar lo que por derecho le pertenece. Ya saben que su hermano Eteocles ha roto el pacto firmado para repartir el poder con él. Así es que Polinices, aunque dirige el ejercito contra su propia ciudad, tiene su parte de razón. Eteocles, ninguna. Es su madre, Yocasta, la que está intentando hacer entrar en razón a los dos, pero ya le ha dicho Polinices: "¡Cuán terrible es el odio, madre, entre las personas de una misma familia! ¡Y qué difíciles de superar son tales rencillas!". Y siempre por lo mismo, por las maldita herencia. Es como si fuese mil veces más doloroso que te quiten lo que te ha caído del cielo que lo que has conseguido por méritos propios. Y siempre, según parece, lo recibido por herencia es menos de lo que crees merecer. Y de ahí el que haya tantas guerras entre hermanos. Así es que le dice Polinices a su madre Yocasta: "Aunque es sentencia desde antiguo muy celebrada, la repetiré: <<Las riquezas son lo más preciado para los hombres y lo que tiene mayor efectividad entre las cosas humanas.>> Por eso es por lo que yo vengo aquí conduciendo incontables lanzas. Un noble en la pobreza no es nada."
Ya digo, Eteocles, razón ninguna. Pero tiene algo mejor para un político, o un malvado, si mejor quieren: la retórica. Argumenta: "Si a todos les pareciera la misma cosa buena y sabia a la vez, no existiría entre los hombres la discordia de ambiguo lenguaje. Pero en realidad no hay nada idéntico ni ecuánime para los mortales, al margen de los nombres; de hecho no existe tal realidad." O sea que, ya ven, ¿quién va ser el tonto que se ponga a entrar en razones con un tipo de semejante labia? Sí, y que me perdonen los puros de corazón, los que gustan merendar panes y peces a orillas del Tiberiades, pero los Eteocles de este mundo no dejan otra salida que el empezar a tortas. Y cuanto antes se empiece antes se acaba. Lo único que tienes que asegurarte entonces es de que tienes a Chuck Norris de tu parte.
En fin, sea como sea, lo realmente sorprendente es comprobar hasta que que punto la condición humana es animal. Da igual que en las tragedias griegas ya queden meridianamente explicadas las limitaciones que la razón tiene para sobreponerse a los sentimientos. Y que, después, miles, o millones, de sabios se hayan dedicado a meditar sobre esas limitaciones. Se podría decir que todo ello no ha servido para nada. Cada pocos años un nuevo Polinices se ve impelido a conducir sus huestes contra un nuevo Eteocles. Los dos olvidaron ya que su destino irremisible es perecer ambos en la contienda. Sí, la memoria, eso que se decía antaño que es la inteligencia de los burros... y hogaño simplemente se la ignora. ¡Por Dios, qué pérdida de tiempo dedicarse a cultivar esa potencia del alma! Y entonces van y, como para afianzarse en su cerrazón, te sueltan lo de lista de los Reyes Godos. ¡Pobrecillos! Qué poco saben de cómo se engrasan los engranajes neuronales.
Sí, el ser humano, dicen, es entre todos los animales el que más veces tropieza en la misma piedra. Ahí están los progenitores de toda época y lugar teniendo entre los principales motores de su esfuerzo la ilusión de dejar un sustancioso patrimonio a sus herederos. Es una irracionalidad total que entre otra cosas presupone la inutilidad de los descendientes para valerse por sí mismos. Claro, para qué van a esforzarse los hijos si su padre ya les aseguro el futuro. Y, efectivamente, ahí el padre acertó: sus hijos son unos inútiles que nunca tendrán bastante para satisfacer los vicios que cultivaron durante el tiempo que robaron al estudio. Y de ahí que los hijos se estorben entre sí y la cosa acabe en odios irreconciliables. Polinices y Eteocles. El mundo está lleno de ellos por despreciar la memoria.
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