Tengo un vago recuerdo de haber escuchado en casa, cuando niño, aquí se va a armar Troya. Es probable que lo dijese mi padre ya que el suyo era licenciado en letras. En lenguas semíticas, me dijo una vez, aunque mi padre raramente hablaba del suyo y, si lo hacía, era más que nada para remarcar lo buen jugador de chamelo que era. Por lo visto había sido varias veces campeón de tal modalidad de juego en Haro, en donde, también, había fundado con unos amigos, licenciados a su vez, un instituto de enseñanza media que precisamente ubicaron en los bajos de la casa familiar. Por lo visto, habían alquilado todas sus viñas a los de Lopez Heredia y, por tanto, ya no necesitaban aquellos bajos para guardar aperos de labranza. En fin, recuerdos vagos, en cualquier caso.
De todas formas, es curioso, porque continuamente se emplean expresiones con un claro significado, pero sin relacionarlas en absoluto con su origen. ¿Qué hubiera dicho mi padre si le hubiesen preguntado por Troya? No sé, porque nunca le vi con otros libros entre las manos que no fuesen de medicina. El Novoa Santos y así. El resto de su tiempo prefería gastarlo con tareas manuales. Reparar el coche que, como era muy viejo, daba mucho de sí. Por lo tanto, Troya, para él seguramente nada que no fuese alguna muy gorda que se había armado alguna vez en algún sitio. Y a eso quedó reducido el mito, como casi todos, por otra parte, porque vaya usted a preguntar por los cerros de Úbeda y a ver quién es el que sabe que demonios paso en ellos para que se les recuerde siempre que alguien se pone a divagar y se le va la olla.
Sin embargo, pienso que no estaría mal que se enseñase en las escuelas, punto por punto, de qué va lo de Troya. Porque, seguramente, no hay pilar de nuestra cultura que se le pueda comparar. Allí pasó, o no pasó, lo que se cuenta, pero eso es lo de menos. Lo que importa es la enjundia que tiene lo que se cuenta que, puestos a analizarlo se puede convertir en el cuento de nunca acabar. La indispensable mezcla de lo racional con lo irracional. El tira más pelo de coño que carreta de bueyes o soga de marinero... el más viejo, duradero y potente, de todos los argumentos. Sí, porque Helena no era humana del todo. Los tíos, todo era verla y no poder sacársela de la cabeza. Y Paris, su raptor, tampoco debía ser cosa manca porque el mismo Zeus le había sentado a su mesa para que dirimiese quién era la que estaba más buena, si Hera, si Atenea, que era un poco nerd, o Afrodita. Naturalmente eligió a Afrodita, lo mismo que hubiese hecho cualquiera con dos dedos de frente. Por pura cuestión biológica de querer trasmitir a la propia descendencia los mejores genes posibles.
En resumidas cuentas, Paris rapto a Helena y se la llevó a Troya donde su padre era rey. En mala hora, porque el marido burlado y toda su familia se lo tomaron fatal. Porque es que, además, ya para entonces Helena había dado mucho que hablar. Ya les dije que estaba tan buena que todo el que la veía perdía la cabeza, incluidos todos los reyes de la Hélade que al final tuvieron que hacer un pacto para no matarse entre ellos y, de paso, conjurarse para defender al marido que escogiese Helena entre todos ellos de cualquier ofensa de tipo cuernopático que pudiese recibir de quien quiera que fuese, porque es que Helena, al parecer, era de natural muy de irse con quien le apeteciese. En fin, que nada como los cuernos para pedir venganza. Y allí, a Ilión, que se fue toda la Hélade a ajustar cuentas. Y, ¡madre mía la que se armó! Algo así como las que suelen montar los clanes gitanos en semejantes tesituras, pero a lo grande. Y no solo es que se armase, o no, que vete tu a saber, que la madre de todo aquello es que fue la primera vez en la historia de la humanidad que un poeta se dedicó a cantar el asunto en un tono épico. Y, para colmo, le quedó niquelado. Así es que, cuando la humanidad aspira a tener conciencia de sí misma el mejor punto de apoyo que encuentra son los versos épicos que narran la conquista de Ilion, es decir, Troya. Y da mucha pena, la verdad, el precio que tuvieron que pagar todos los troyanos por el capricho satisfecho del hijo de su rey, pero, por otra parte, está el placer de la venganza que, por cierto, tampoco se va de rositas, porque a los dioses nunca les gustó que las ofensas se reparen con remedios desproporcionados. Y así fue, que a los reyes de la Hélade les fue bastante mal cuando regresaron a casa... ya saben, abandonas el lecho conyugal por mucho tiempo y cuando vuelves te lo encuentras ocupado... por un sobrino, como le pasó a Agamenón. En fin.
De todas formas, en lo que a la Historia hace, una cosa es lo que se cuenta y otra los verdaderos motivos que actuaron como motor de los acontecimientos. No hay que olvidar que Troya estaba justo dominando el estrecho que hay entre el Mar Jónico y el Mar Negro. El Mar Negro que ya había sido explorado por los argonautas. Precisamente, dos hermanos de Helena, guapísimos también, habían participado en aquella expedición. Es lógico pensar que los griegos quisiesen dominar aquel paso para ampliar su imperio comercial fundando colonias a orillas del Mar Negro. Pero, bueno, todo esto no pasa de ser lucubraciones de tipo geoestratégico que no llevan a puerto. En fin.
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