miércoles, 29 de julio de 2020

Uncle Tom

El tema del Tio Tom es recurrente en EEUU. Por lo visto el pasado mes de junio se estrenó una nueva recreación. Según cuenta el Diario de Rorschach la trama va de un joven contratista, casualmente afroamericano, cristiano y ferviente demócrata, al que un miembro de su comunidad le desafía a que se lea las plataformas de los dos partidos en liza: demócratas y republicanos. El joven contratista, que es una persona seria, lee las dos plataformas y queda profundamente conmovido: todo lo que él piensa está contenido en la plataforma del partido republicano. Menos Estado y más responsabilidad individual, dos constantes que se contrabalancean matemáticamente. Y de ahí, ¡sí, señores míos!, esa miseria moral que paulatinamente se va apoderando de las sociedades regidas por lo que se conoce como Estado Benefactor. ¡Y yo que doy fe de ello!

Por supuesto, el joven contratista cambia de bando y las consecuencias no se hacen esperar: es denostado sin piedad por su entorno. Es lo que tiene arriesgarse a estar informado de primera mano, que pocos te lo perdonan. El común de los mortales se da por satisfecho con lo que les cuenta cualquier gurú encaramado en una peña, eso sí, con tal de que el gurú luego les lleve a merendar panes y peces a la orilla de cualquier lago o similares. Dos formas irreconciliables de entender el mundo, en definitiva: tomarse la molestias de leer las plataformas o contentarse con lo que te cuenta el que te invita a merendar, Llámenlo, si mejor quieren, responsabilidad o irresponsabilidad. 

¿Responsabilidad? ¿Irresponsabilidad? No, mire usted, el de la peña cava mucho más hondo. Él va a lo primigenio, o sea, la empatía o el egoísmo. Eso es mucho más importante a la hora de entender lo que pasa en el mundo: unos cuantos egoístas aprovechándose de la buena fe de la inmensidad empática. Ergo, bien fácil nos lo ponen: solo hay que quitar de en medio a esos pocos egoístas y el mundo entonces se convierte en el jardín del edén. ¡Pena que los egoístas sean, precisamente, los que reponen las estanterías de los supermercados cuando los empáticos dan con ellas! Pero, en fin, nada es perfecto. 

Resumiendo: no albergo la menor esperanza de que el mundo pueda cambiar alguna vez respecto a las proporciones de los que leen las plataformas y los que ni ciegos de grifa las leerían. Pero resulta grato imaginar, como si de ciencia ficción se tratase, que de pronto se pone de moda apedrear al que larga desde la peña y en vez de ir  después de merienda a la orilla del lago tomar el camino de la biblioteca y ponerse a ojear, u hojear, que no sé, allí cualquiera de los libros que tratan de la complejidad de las cosas de este mundo.  

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