martes, 21 de julio de 2020

¡Mujeres!

Hay una cosa que repite una y otra vez Camile Paglia: si no enseñamos en las escuelas como fueron las civilizaciones antiguas, como se inició todo esto, no podemos pretender que las jóvenes generaciones entiendan nada acerca del mundo en el que viven. Es precisamente en ese analfabetismo histórico, si es que se puede decir así, en donde reside la causa de la burricie que nos señorea... o de la decadencia de occidente como subraya la misma Camile. 

El caso es que andaba entreteniéndome estos días con la lectura de las comedias de Aristófanes. Escritas, por cierto, hace veinticuatro siglos. Y sí, pasaron muchas cosas desde entonces, pero los chistes que nos hacen reír siguen siendo los mismos que por aquel remoto entonces. Supongo que será porque veinticuatro siglos no suponen mucho a efectos de evolución del pensamiento humano -no sé si esto de pensamiento humano no será un pleonasmo-. Pues bien, les contaré algo acerca de La Asamblea de las Mujeres para que los que no la hayan leído se puedan hacer una idea. 

Las cosas de la política se habían puesto chungas en Atenas. Los cargos públicos que siempre se habían ejercido de forma filantrópica habían pasado a ser un modus vivendi muy codiciado. Se había empezado pagando un óbolo por la asistencia a la asamblea y ya iban por tres. Así es que había tortas por pillar un asiento en la asamblea. Y, en el entretanto, los asuntos de la polis iban de mal en peor. Así fue que un grupo de mujeres lideradas por una tal Praxágora, esposa de un alto cargo, deciden que el problema consiste en que los hombres no están capacitados para administrar la ciudad. Sin embargo ellas lo pueden hacer mucho mejor porque al ser las administradoras de sus hogares están entrenadas en esas lides. Y ponen manos a la obra para hacerse con el poder. Idean una estrategia consistente en disfrazarse de hombres y acudir a la asamblea antes de que cantasen los gallos para hacerse con todos los asientos. Y allí proponen que sean las mujeres las que gobiernen la ciudad. Lo votan y ganan. Y así es como comienza el gobierno de las mujeres. 

Y las mujeres, ya se sabe, buenismo en acción, comunidad de bienes y todo eso. Nadie puede ser más que nadie ni tener más que nadie. Todo hay que compartirlo. Hay que poner todo lo propio a disposición de la comunidad. Y entonces, los que hoy llamaríamos manginas, empiezan a llevar todas sus pertenencias a la plaza para que cada cual tome lo que necesite. Y se organizan comedores comunes para todo el mundo. Y la ciudad entera se convierte en una casa común. Y, entonces, un mangina que ya había llevado todas sus cosas a la plaza le dice a uno que andaba por allí, oye, ¿por qué no has traído todavía tus cosas? Ni de coña, contesta, primero voy a ver que hace la mayoría. Pero es la ley. Ya, pero antes de acatar la ley hay que ver si es justa. Entonces, ¿qué haces por aquí? Vengo porque me han dicho que aquí dan de comer gratis. Un diálogo de besugos que se prolonga un rato hasta que aparecen otros que entran en consideraciones más profundas que las puramente materiales, o sea, las cosas de fornicio.

En adelante, deciden las mujeres, nadie será de nadie, cada uno, o una, se lo hace con quien le viene en gana en cada momento. Así, entre otros beneficios, se conseguirá que los jóvenes dejen de maltratar a los viejos porque si lo hacen a lo mejor están maltratando a su padre. ¡Fenomenal,sí! Pero, entonces, aparece un aguafiestas y pone de manifiesto el pequeño inconveniente que tiene la práctica de tal teoría: los hombres solo van a querer acostarse con las jóvenes y guapas y las mujeres, por no ser menos, con los jóvenes y guapos. Pero las mujeres ya se sabe que rápidamente encuentran soluciones para todo. No problem, dicen: todo el que se quiera acostar con una joven antes tiene que satisfacer a una vieja; todo el quiera hacérselo con una guapa, antes tiene que satisfacer a una fea. Y las mujeres, viceversa. 

La escena final trata de un joven que va entusiasmado a acostarse con una jovencita. Pero, cuando ya la tiene al alcance de su mano, empiezan a aparecer viejas exigiendo que se cumpla la ley. El joven, por supuesto, se queja de lo injusta que es tal ley. Lo siento, joven, le responden las viejas, pero esto es una democracia y tienes que cumplir lo que ha decidido la mayoría... o atente a las consecuencias. 

En fin, solo es una comedia. 

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