Ya lo habíamos visto cuando Los Siete contra Tebas. Entonces Tiresias había vaticinado que la única manera de que Polinices fracasara en su intento de derribar a su hermano Eteocles consistía en que Creonte, tío de ambos dos, sacrificase a los dioses a su hijo Meneceo. A Creonte, por supuesto, se le partió el corazón, pero nada tuvo que decidir porque antes de que se diese cuenta Meneceo ya había subido a lo alto de la muralla y se había atravesado la garganta con su espada. El vaticinio de Tiresias era la verdad oficial y Meneceo era el primero en creer en ella; estaba convencido de que inmolarse a los dioses era su oportunidad de oro para alcanzar una gloria duradera.
Les contaba ayer sobre los sucesos acaecidos en Áulide con motivo de otro vaticinio que condicionaba los vientos favorables para que la flota pudiese desplazarse hasta Ilión a que Agamenón sacrificase a su hija Ifigenia a la diosa Artemis. Ya les dije que Agamenón estaba desgarrado por dentro entre su amor paterno y la razón de estado. Porque, por supuesto, creía en en el vaticinio, pero prefería darse la vuelta a matar a su hija. Aquiles, que también estaba en el ajo, no parecía tan crédulo, al fin y al cabo había sido educado por Quirón, y estaba dispuesto a defender a Ifigenia a costa de su propia vida por puro quijotismo: tenía su ejercito de mirmidones totalmente a favor del sacrificio. Pero, llegada la hora de la verdad, ni uno ni otro, tuvieron que comprometer su liderazgo, porque Ifigenia resolvió por ellos: estaba convencida, como en su día lo estuviera Meneceo, de que inmolarse era su gran oportunidad de gloria eterna. No hubo, desde luego, que arrastrala hasta el altar en el que expuso su cuello a la espada de su padre.
Meneceo e Ifigenia, dos ejemplos impagables de lo que supone la educación por parte del Estado. Es decir, el adoctrinamiento que hace inviable cualquier cuestionamiento de la verdad oficial. ¡Sí no sabremos en estos tiempos que corren lo que significa eso! Ahora, por supuesto, no se sube a la muralla ni se va por propio pie al altar a que te rebanen el cuello; ahora es mucho peor, porque el rebanamiento es a cámara lenta y con total fruición por parte del rebanado, el pobre, encadenado como está de cara a la pared de la caverna sin parar de ver las sombras que proyecta el estado benefactor. Verdades oficiales, que así es como se considera ahora a la superstición. Bueno, supongo que ahora y siempre.
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