martes, 7 de julio de 2020

Monstruo terrible

Ifigenia en Áulide es una representación del poder omnímodo de la superstición. En esa tragedia se relatan hechos acaecidos hace tres mil años, pero, no se engañen, porque las cosas no han cambiado un ápice, porque como le dice Clitemestra a Aquiles: "La masa es, desde luego, un monstruo terrible." 

El asunto es más o menos el siguiente. Como ya les conté, los griegos se habían puesto de acuerdo para ir a Troya a hacerles pagar a los troyanos por el rapto de Helena. Todas las ciudades habían aportado barcos y tropas para la empresa. Se encontraban todos reunidos en Áulide, un puerto en la orilla oeste del mar Egeo, a la espera de que los vientos fuesen favorables para ponerse en marcha hacia la orilla noreste del citado mar que era donde estaba Troya. Pero el viento no acababa de llegar y el ambiente se iba poniendo tenso. Corría por el campamento el rumor de que la calma chicha imperante era a causa de la irritación que Artemis tenía con Agamenón por haber cazado éste unos cervatillos. Ya les dije que Artemis era bastante animalista. Total que, entonces como ahora, cuando se conjuga el rumor con el malestar lo mejor para calmar al monstruo terrible que es la masa es recurrir a los buenos oficios de los augures. Cualquier mente pensante sabe que es de todo punto imposible predecir el futuro, pero vete sacando el candil para buscar una de esas mentes, porque lo vas a necesitar. Y así fue que el augur de moda del momento, Tiresias, o Calcante, no sé cual de los dos porque no lo deja claro el autor, se sacó de la manga que hasta que no se hiciesen sacrificios para calmar a la diosa había que olvidarse de los vientos. Y el sacrificio, claro, tenía que correr a cargo de Agamenón que era el causante de la ira de la diosa. Pongamos que sacrificar a su hija Ifigenia. Sí, sí, sacrificios humanos, como los que nunca se han dejado de hacer para poder malconvivir con los dioses imperantes del momento. 

Agamenón, de entrada, acepta, porque también él, por muy rey que sea, no deja de ser un garrulo y por tal cree. Pero que acepte no quita para que se esté desgarrando por dentro. Hasta que no puede más y decide echarse atrás. Una hija es una hija. ¡Que se vayan al carajo Grecia y el honor de su hermano Menelao, el cornudo exmarido de Helena! Pero choca de lleno con el muro de la superstición: las tropas a su mando se creen a pies juntillas que sacrificando a Ifigenia se van a desencadenar los vientos propicios. Así es que si él no sacrifica a Ifigenia, las tropas le sacrificarán a él. ¡Tremenda contradicción, compañero!, que diría el castrista. 

Por cierto que he leído en algún sitio teorías más prosaicas acerca del remoloneo de las tropas para ponerse en marcha. Por ejemplo, que las mujeres griegas eran, como Helena, muy de irse con el que las viniese en gana, así que mejor no perderlas de vista. Y bueno, quizá, sacrificar a Ifigenia, era una buena manera de decir a esas mujeres un poco casquivanas que pusiesen sus barbas a remojar. En fin, vete tú a saber, porque, como digo, las verdaderas causas siempre se han solido encubrir bajo un manto mágico. Lo estamos viendo estos días en curso en los que millones de personas van por la calle con bozal convencidos de que así están protegidos contra el virus. ¡Sancta Simplicitas! ¡Pero si eso no es más que parte del atrezzo necesario para que la representación del miedo surja efecto! El miedo como suprema arma de dominación. 

En fin, masa, superstición y miedo, las tres patas del banco sobre el que se asienta el poder. Y nunca cambiará, así que ya me puedo morir tranquilo. 

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