Enciendo el ordenador, voy a YouTube y el primer vídeo que me encuentro es uno de Axel Kaiser explicando qué es la neoinquisición. Apenas dos minutos para dejar niquelado el concepto. Por lo visto ha escrito un libro sobre el asunto y anda por ahí promocionándolo. Me parece de perlas, porque todo lo que se haga al respecto siempre será poco. Desenmascarar a los enemigos de la libertad individual, la única libertad que, por cierto, existe, siempre será la tarea reina de entre todas las que pudiera llevar a cabo cualquiera que tenga el pensar como oficio. De hecho, dudo mucho que cualquier cosa que se aleje de ese objetivo sea pensar. Más bien, diría yo, se limitaría a creer. A tener fe. Y ya saben lo que dijo el clásico: a los hombres con fe, con la ayuda de Dios, no me los encuentro y, si Dios me falla, ya pongo yo todo lo que haya que poner de mi parte para salir corriendo.
Pienso que no les mentiría si les dijese que el monotema de estos blogs que vengo fabricando desde hace tiempo no es otro que, precisamente, ese, denunciar a los hombre con fe. Me los he venido topando, como cualquiera supongo, a todo lo largo de mi vida. Y quizá, mi diferencia con cualquiera haya sido una incoercible propensión a salir corriendo. Porque no soy de los ingenuos que piensan que hablando se entiende la gente. Con una persona que cree solo se puede entender otra persona que cree lo mismo que ella. Así que, ¡pies para qué os quiero!
Por edad, me toco vivir en un régimen de esos que le dicen dictatorial. Y apenas había alcanzado la edad en la que todo duele cuando empecé a sentir simpatía por todo lo que cuestionaba aquel régimen. Como es lógico en tales casos, me impregné de un cierto fanatismo que se retroalimentaba con las fuerzas que se le oponían. Todo de libro. Pero nada dura y aquel dolor se fue amortiguando con los sucesivos logros. Así del fanatismo pasé sin dificultad a una etapa de cinismo en la que me entusiasmaban todo tipo de chistes que ridiculizasen al poder en curso. Luego vino todo aquello de la transición y lo pasábamos tan bien que todo servía para el convento. Nunca viví una etapa de semejante libertad; la impresión, entonces, era que no mandaba nadie. Hasta que, de pronto, me di cuenta de que había caído en una trampa: en el servicio hospitalario en el que trabajaba se había instalado una célula comunista. Gente con la que había tenido muy buena relación de pronto se me hicieron nauseabundos. Estaban todo el día reuniéndose para no explico qué que no fuese cotillear, porque entre todos ellos no hubiesen podido hacer la o con un canuto. Y ya saben lo que pasa con los tontos cuando se aperciben que la gente les empieza a tener miedo, que les entra un engreimiento que les vuelve, si no peligrosos, sí realmente insoportables. Bueno, aquellas circunstancias fueron para mí el empujón que necesitaba para salir por piernas. ¡No se hacen idea del alivio que sentí!
Después, toda mi vida ha sido igual: huyendo siempre de las diversas inquisiciones. Las veo por todas las partes. Puede que sea un perfecto paranoico, pero, ¡ojo!, que detrás de la paranoia también puede haber un ver más allá, como de haber escapado de la caverna platónica. Sí, que ya saben que, a parte de los niños, solo los locos dicen la verdad. Y no hay otra verdad que se pueda comparar a la de que los pobres de espíritu, los del sermón de la montaña, tienden a organizarse para aniquilar a los que no gustan de sermones. Como dicen los catalanes: tots pleglats. Así, oliéndose el ojete unos a otros es como mejor se maquina para matar al disidente.
En fin, siempre nos quedará Don Quijote para orientarnos entre tanto oscurantismo.
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