lunes, 6 de julio de 2020

Los Pelaos

Siempre me quedará la duda de si es que todo esto está de un decadente que da asco o es que mi ancianidad me hace sentirlo así en un a modo de consuelo. Porque si hay un clásico entre los clásicos ese es escuchar a los viejos explayarse acerca de lo mal que está todo, sobre todo la juventud que es que si por los viejos fuese mañana mismo la ponían a toda ella, sin distinción de género, a hacer la mili. Porque sí, muchos han, o hemos, necesitado llegar a la vejez para darnos cuentas de que quizá el mayor error político de la contemporaneidad haya sido suprimir la mili obligatoria. Y no digo yo que al joven que cumple con sus obligaciones académicas la mili le fuera a aportar gran cosa, pero a los que, por lo que sea, no cumplen con ellas la disciplina inherente a la mili podría ser un gran paliativo a efectos de desenchusmatización del fracasado escolar.

El caso es que andaba ayer por lo de YouTube y ahí que veo sobre la carátula de un vídeo la palabra chusma. Este no me lo pierdo, me dije. Lo abrí y se trataba de un señor que en mangas de camisa y sobre un estrado levantado al efecto trataba de dirigirse a una concurrencia de gente aseada. Y digo que trataba porque unos metros más allá había un grupo con pinta mohicana que con sus gritos impedían todo entendimiento. Entonces el del estrado, elevando el volumen de su voz, consiguió que se entendiese que aquella chusma no le daba miedo y que, si nosotros hiciésemos lo mismo que ellos, se iban a enterar de lo que vale un peine. Me encantó escuchar aquello y si yo fuese de los que van a votar desde luego que no dudaría un instante en dar mi voto al señor del estrado. Porque soy de los firmemente convencidos de que los problemas del mundo siempre comienzan por la tergiversación del lenguaje. Y por lo mismo pienso que su solución no puede empezar de otra manera que llamando a las cosas por su nombre. A la chusma hay que llamarla chusma. Es lo que es y es fundamental que se entere de ello.  

Así es que, si por mí fuese, lo primero que haría sería mandar a alguien desideologizado, si es que eso existe, a estudiar la composición sociológica, que le dicen, de esa chusma que impide hablar a los que se dirigen a un auditorio de aseados. Sobre todo me interesaría saber cual es su nivel académico promedio. Porque tal dato nadie nos lo da nunca. Y yo, por la experiencia vivida, mucho me temo que sea precisamente en la demoledora realidad de ese dato donde resida toda la madre del cordero. Porque, no se engañen, la envidia y su subsiguiente rencor pueden tener muchos motores, pero me apostaría lo que fuese a que ninguno es tan potente como el fracaso escolar. Porque ese fracaso es la prueba del nueve de que eres un pelao, cosa que, una vez tengas conciencia de ello, ya no te queda otro camino en la vida que el de la venganza: si yo no he podido que ellos tampoco puedan. Y eso es todo.

Pero van dados, porque los aseados aguantan hasta cierto límite. A partir de ahí, mandan a los pelaos a hacer la mili. Y se renueva el ciclo virtuoso.    


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