miércoles, 15 de julio de 2020

Manginas glutenfree

Pasan los años, los siglos, incluso los milenios, y la humanidad va desarrollando las matemáticas y su subproducto consiguiente, la tecnología y, con ello, la sensación de que vamos alcanzando cotas próximas a la divinidad: el don de la ubicuidad, la omnisciencia, etc., pero nada más lejos de la realidad, solo tienes que pararte un rato a echar una ojeada a los clásicos para darte cuenta de que en lo esencial, es decir, lo que se lleva la parte del león de nuestras preocupaciones, no hemos avanzado un ápice. Nuestra condición animal sigue rigiendo nuestro destino. O, lo que es lo mismo, la tiranía de lo que tenemos entre las piernas. Olvídese esto y estaremos haciendo el imbécil... o sea, justo lo que, al parecer, es el ideario imperante en buena parte del mundo: utilizar la imbecilidad a modo de pantalla que oculta la propia condición de perdedor. Sí, métanselo en la cabeza, de perdedor, porque lo mismo el macho que la hembra que tiene que conformarse con cualquier cosa a la hora de aparearse, si es que se aparea, que esa es otra, alberga en el fondo de su alma el típico resentimiento del perdedor que solo se consuela haciendo el mal allí donde puede. Y, de ahí, que la humanidad no encuentre forma de salir del atolladero por más ingeniería social que se ensaye. 

Así todo, no hay que perder de vista que hay notables diferencias entre unos perdedores y otros. Diferencias que se sustancian en el mayor o menor grado de conciencia que se tenga de la propia condición de perdedor. Reconocerse en lo que se es es la primera treta del trato para acceder al sentido del humor, el único camino de liberación posible sin hacer daño al prójimo... o, incluso, beneficiándole, porque puede ayudarle a reconocerse en lo que realmente es. Sí, no otro es el poder liberador de la comedia: ayudar a reconocerse por medio del humor como en una especie de reacción en cadena. Por contra, la incapacidad para esa ascensión del espíritu que es el humor es la madre de todas las tragedias. Y no se esfuercen en ir más allá porque será en vano. 

Yo, la verdad, es que me descojono por no llorar cuando veo a todos esos manginas glutenfree yendo con mascarilla a las concentraciones de bolleras. Y de allí a un vegetariano. La verdad, si fuesen un poco consecuentes se harían extirpar esos colmillos que la naturaleza les puso en la boca para que pudiesen desgarrar la carne. Pero, claro, a falta de carne, los utilizan para perforar yugulares, la única actividad en la que son maestros. ¡Por dios bendito, qué gentuza! Si fuesen capaces de darse cuenta hasta que punto les desprecian las mujeres se pegarían un tiro. En fin, ya digo, tomémoslo con humor porque si no... 

No hay comentarios:

Publicar un comentario