miércoles, 22 de julio de 2020

Por las ramas

María Blanco es una de las cabezas más potentes del país. De las llamadas a permanecer, que no otra cosa es lo que hace la diferencia entre lo divino y lo humano. También permanecen Hitler o Stalin, me dirán. Y yo les digo que se equivocan. Y, si no, nómbrenme a cualquiera de los miles de tiranos sanguinarios de los que la historia está trufada. Hay que ser un experto para citar a dos o tres; permanecen un siglo o dos y luego se desvanecen, pero, por contra, hay que ser muy garrulo para no saber quién fue Homero, o Platón, o Aristóteles, o tantos otros que aportaron a la humanidad pensamiento bien estructurado... la tarea de los dioses. 

Claro que no hay que ser ingenuo: el pensamiento bien estructurado no es plato de gusto para las chachas. Si la naturaleza no te dotó o tus padres no se esforzaron en educarte olvídate de esos platos porque te pueden producir una indigestión, o dolor de cabeza, de los que se hacen crónicos y, a la postre, llevan a la tumba. No otra es la gran tragedia del mundo: la imposibilidad de comprender rectamente por parte de la inmensa mayoría lo que la minoría de mente privilegiada desveló. Así ha sido siempre, así es y así será por los siglos de los siglos. 

Hoy día tendemos a pensar que gracias a la tecnología tenemos como nunca se tuvo al alcance de la mano lo más selecto del pensamiento de todos los tiempos. Y sí, algo de verdad puede que haya en ello, pero no mucha. Tengan en cuenta que tecnología siempre la hubo. O, si no, ¿díganme ustedes qué fueron las tablillas, o los papiros, o los libros sin ir más lejos? El problema siempre fue el mismo, que los capaces de escalar las altas cumbres son pocos. Cicerón, sin ir más lejos, se consideraba afortunado porque tenía doscientos tomos en su biblioteca. Bueno, hoy día cualquier mindundi se hace fotografiar con un fondo de libros que pueden ser dos mil. Pero, claro, su distancia con Cicerón sigue siendo infinita. Y no por nada sino porque Cicerón entendía hasta el fondo lo que leía y los mindundis a duras penas balbucean. Sí, se lo digo por mi larga experiencia en el asunto: si me hubiese centrado en el centenar escaso de libros que conservo  otro gallo me hubiera cantado. De hecho, desde que decidí no volver a mirar ni un periódico, ni un informativo de ningún tipo, he tenido la oportunidad de dedicarme a esos libros que conservo y, vive dios que nunca pensé poder llegar tan al fondo. Claro que puede que solo sea una ilusión, pero, ¿qué otra cosa son los orgásmos? 

En fin, me he ido por las ramas. Lo que quería decir es que lo mismo María Blanco, que Camile Paglia, que Ayn Rand, por el hecho de ser mujeres nada les ha obligado a ser unas cabezas de chorlito. Ahora ya solo falta que las chachas caigan en la cuenta de la distancia insalvable que hay entre ellas y sus ídolos de un día. Que, si no las pueden entender, por lo menos que aprendan a respetarlas. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario