Uno conoce la trampa, pero luego sale por ahí de paseo y no para de caer en ella. Me refiero a aquella de la que nos advirtiera Nietzsche consistente en leer dos libros a los que no tienes derecho y creer que con eso ya lo sabes todo. Que eso es justo lo que me pasó cuando leí La Riqueza de las Naciones de Adam Smith. Y, entonces, voy y escucho una conferencia de Huerta de Soto y me entero de que fue precisamente con ese libro con el que comenzó toda la debacle ideológica que tanto sufrimiento ha traído al mundo. Sí, porque es en ese libro en donde, dejando de lado las precedentes teorizaciones de los escolásticos españoles, se sostiene que el precio de las cosas es objetivo, es decir que se puede calcular. Tantas horas de trabajo, tanta materia prima utilizada, etc.. Y así ha sido que desde entonces hasta hoy día, basándose en esa creencia, han crecido como hongos los ingenieros sociales que equivocadamente piensan que con sus cálculos afinados pueden regular nuestras vidas hasta límites que llegan hasta el mismo tálamo.
Yo no he leído a los escolásticos españoles ni creo que lo vaya a hacer nuca, pero de un tiempo a esta parte he escuchado un buen número de conferencias acerca de ellos y me estoy dando cuenta de hasta qué punto cuadran las cuentas de nuestra historia patria. Porque es imposible que un país lleve a cabo tamañas hazañas como las que llevó España si detrás no hay unas cabezas en las que sustentarse. Porque un imperio que dura trescientos años sin mayores conmociones no es cualquier cosa al alcance de unos curas atrabiliarios y unos reyes hechizados... como se había querido hacernos creer. No, ni mucho menos, a aquel Siglo de Oro de Gracián, Cervantes, Lope y demás, le había precedido otro siglo no menos dorado, el de la Escuela de Salamanca o los Escolásticos Tardíos, como también se les conoce. Ellos teorizaron sobre sociología, economía, psicología y demás ciencias del espíritu, a tal nivel de clarividencia que todavía hoy es el día que muy pocos son los que se les pueden aproximar y, los que lo hacen, cual es el caso de la Escuela Austriaca de Economía, no pueden sino maravillarse y dedicarse a difundir su conocimiento.
Resumiendo, que fueron esos escolásticos de Salamanca los primeros que se dieron cuenta de que lo de el precio objetivo de las cosas no pasaba de ser una milonga. Sostuvieron que son tantos los factores que intervienen en fijar ese precio que solo Dios puede conocerlo. Por lo tanto, el precio de las cosas siempre será subjetivo y al gobernante que pretenda lo contrario convendría que el pueblo, en el que reside la soberanía, se lo sacase de encima. ¡Se imaginan! Bueno, a Juan de Mariana le metieron una temporada en la cárcel por sostener tales lindezas.
En fin, que uno va descubriendo a golpe de desmentido. Y esa es la cuestión, que se debiera ser más cauto, o distante, cuando uno piensa haber encontrado por fin el santo grial para no tener que apearse bruscamente del burro, luego, cuando vas camino de Damasco.
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