sábado, 20 de junio de 2020

El estado profundo

Al parecer ya nos alzaron el entredicho que la tiranía imperante nos tenía puesto a la movilidad interregional. ¡Gloria al tirano! Claro que el bozal, de momento, y para largo, no nos lo podremos quitar a no ser que consumamos raciones y cazuelitas en las terrazas que a tal efecto se han instalado par ci par là, como dicen los franceses. Sí, sí, mírense debajo del cielo del paladar no vaya a ser que les hayan instalado una allí y no se hayan enterado. Desde mi balcón tengo control visual de tres de ellas que ocupan el espació que antes ocupaban unos veinte coches en batería o así. Y no vean lo bonito que lo han puesto todo, con flores de plástico y demás, que es que a ver quién es el guapo que pasa por delante y se resiste. Ayer a las once rebosaban de clientela compitiendo entre sí por levantar la voz hasta las tesituras más altas del volumen sonoro. Pero, ya saben, no problem: los espacios sagrados son inmunes al bicho de marras. 

Y mientras tanto, en un segundo plano al que solo acceden los avisados, sigue la lucha contra el estado profundo. Sí, ese ente demoníaco capitaneado por Soros, los Clinton y la madre que les parió. Bueno, si han leído las novelas de Conan Doyle solo tendrán que recordar a Moriarti y sabrán de qué estamos hablando: las escurridizas fuerzas del mal. Claro que si de niños nunca se dedicaron a pescar anguilas en el río de su pueblo, difícilmente se podrán hacer una idea de lo que significa escurridizo. Pero este es otro tema.    

Sí, no cabe duda de que existe un estado profundo. Una, por así decirlo, devastación moral de la sociedad que, a mi inmodesto juicio, trae causa de la prácticamente inexistente cantidad de agonía necesaria para la satisfacción instantánea de los deseos. ¡Aquí te pillo, aquí te mato! Y los deseos, para poder seguir siéndolo, cada vez tienen que ser más gordos y, si se me resisten, uso munición más potente... total, medio mundo vive de producir esa munición. O sea, que nunca pasamos del tratamiento sintomático al causal. 

Bueno, cualquier médico sabe que los tratamientos sintomáticos solo son apropiados para los enfermos terminales. Y en ello es en lo estamos, en las convulsiones finales de un ciclo en el que solo el consumo masivo de sustancias psicotrópicas evita que se produzca la traca final. Y así es como la agonía que nos evitamos para satisfacer nuestros cotidianos deseos la trasladamos a esta agonía global que cada vez pide con más insistencia cirugía radical. 

En fin, miro por la ventana y veo a los mohicanos de las terrazas con el perro entre las piernas y calentando la china. Se les ve felices, no paran de reírse en todo el día. Han venido regalados a este mundo y no les importa colocarse el bozal cuando abandonan las terrazas. Lo de su aspecto fiero solo es para asustar a las abuelitas, no vaya a ser que les nieguen la paga cuando van a pedírsela... su única ocupación productiva.   

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