Sigo con mi periplo por las tragedias griegas usando como cayado el Diccionario de Mitología de Pierre Grimal. Y es que para comprender, o acercarse a comprender, las razones de tanta desdicha hay que disponer de elementos para poder remontarse en el tiempo hacia atrás. Porque, como dijo el clásico, y perdonen que me repita tanto, de lejos le viene el garbanzo al pico. O sea, que, por lo general, las cosas no pasan porque sí de la mañana a la tarde, no, siempre hay como una predisposición gravada a fuego que se trasmite por la herencia.Sobre todo cuando esa predisposición es a la maldad.
Ayer terminé Agamenón de Esquilo. Y¡madre mía, que linaje! Su padre Atreo, para vengarse de su hermano Tiestes que, a parte de estar conspirando para derrocar de su trono a Atreo se estaba tirando a su mujer... para vengarse, digo, mató a dos hijos de Tiestes y se los sirvió guisados en un banquete. Pasados los años, un hijo de Tiestes, Egisto, se andaba tirando a Clitemnestra, esposa de Agamenón, hijo éste de Atreo, mientras Agamenón andaba por las riberas del Escamandro vengando la humillación recibida por su hermano Menelao, cuya esposa, Helena, se había fugado con Paris, hijo de Príamo, rey de Troya. Pero es que no acaba ahí la cosa, porque Clitemnestra, esposa de Agamenón, se sentía plenamente justificada para andar liada con Egisto, sobrino a su vez de su marido, porque quería vengarse de él por haber sacrificado éste a su hija Efigenia para aplacar a la diosa Artemis que era animalista y andaba cabreada porque a Agamenón le gustaba ir de caza, de resultas de todo lo cual, Artemis había convencido a Eolo para que soplase en dirección contraria a la que convenía a la flota argiva para desplazarse hasta Ilión a vengarse de lo de Elena. ¡Madre mía, qué chusma! En resumidas cuentas, que cuando Agamenón regresa victorioso de Troya, Clitemnestra, según guión preparado por Egisto, le recibe muy melosa, le lleva al baño y allí le asesta tres puñaladas de lo más traperas que acaban con su vida. Y suma y sigue, porque después viene todo lo de Orestes, hijo de Agamenón y Clitemnestra que, por aquello de que de casta le viene al galgo, no puede dejar que las cosas queden así y añade más leña al fuego: Clitemnestra y Egisto salen entonces de la escena con los pies pa lante. ¡Uf!
Bueno, así, en principio, parece todo muy exagerado, pero no se engañen, no es más que un artificio literario para dar intensidad al relato de lo que vendría a ser el común desenvolverse de las familias que se empeñan en serlo a causa, por lo general, de la condición anodina de todos sus miembros. Y es que, no sé si se habrán dado cuenta, pero cuando, en cualquier familia, unos de sus miembros empieza destacar por sus propios méritos lo primero que suele hacer es instaurar una especie de distanciamiento apolíneo que le lleva a no participar de los típicos eventos dionisíacos con los que se pretende mantener cohesionada a la familia. Así que ya saben, familia que permanece unida, familia donde ninguno de sus miembros sobresale por sus méritos. Y cuando varios sobresalen por sus méritos, entonces es cuando la familia adquiere su verdadera dimensión apolínea, es decir, que en vez de devorarse unos a otros a golpe de celebración sin motivo, se enriquecen mutuamente limitándose a prestarse libros.
En fin, cuánto camino nos queda todavía por recorrer para sacarnos de encima toda la mugre que la pertenencia a lo que sea nos coloca sobre el espíritu.
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