Voy de paseo por ahí escuchando las Analectas de Confucio. Desde luego que son interesantes a más no poder. Y hubiesen querido los dioses que las hubiese sabido escuchar con tanta atención como ahora las escucho muchos años antes porque así, quién sabe, a lo mejor me hubiera equivocado un poco menos... claro que si a infinito le quitas un poco sigue siendo infinito. Porque ese es el sentimiento que me produce el ir escuchando a los sabios de la antigüedad, el de haber sido un redomado necio a todo lo largo de la vida. Claro que en mi descargo poseo la evidencia de haber vivido inmerso en un magma de necedad del que solo habiendo sido un titán hubiera podido escapar... bueno, en realidad, si hubiese sido un titán hubiera acabado encadenado a una roca del Caucaso esperando todos los días al águila que habría de venir a roerme el hígado, cual es el caso de todos los que escapan de ese magma... aunque muchas veces siento que ese, lo del hígado roído, ha sido precisamente mi sino sin necesidad de ser un titán... ni haber escapado.
Uno, sin embargo, conserva intacta la capacidad de maravillarse por toda la sabiduría que acumula el mundo. E, igualmente, sufro por el convencimiento de lo mal administrada que está esa sabiduría. ¿Por qué tiene que ser así? ¿Por qué este consumismo desatado, madre de todos los males, si los sabios más sabios de todos los tiempos nos advirtieron de los horrores que se derivan de no ser capaces de posponer el deseo? ¿Por qué tanta pequeña preferencia? ¿Por qué todos los objetivos tienen que ser a corto plazo? ¿Es que no nos damos cuenta de que así son todos objetivos miserables?
Escuchaba que, curiosamente, los tres países más adelantados que hay en el mundo son de cultura netamente confuciana. Singapur, Corea del Sur, Taiwan. Y son adelantados principalmente en la cosa educativa y, lo demás, por añadidura. Cuando se tiene un 80% de población adulta con titulación superior no hay coronavirus que pueda con ella. Y a los hechos hay que remitirse. Porque la educación es el sustento de la virtud, lo mismo que la ignorancia lo es de la maldad. ¿O es que acaso conocen ustedes a un tonto que sea bueno?
Dice el maestro: estudiar sin pensar es inútil; pensar sin estudiar es peligroso. O sea, en cualquier caso, mejor inútil que peligroso y, por tanto, siempre será mejor estudiar.
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