Lo mejor es no nacer
o, en todo caso, que aquel
que vive vuelva cuanto antes
al lugar desde el que aquí ha venido.
Porque, una vez transcurrida
la juventud y su ligera
insensatez, ¿qué dolor
o qué trabajo nos falta?
Muerte, disensión, discordia,
lucha, envidia: y al fin viene el último lote,
la vejez impotente, aborrecible,
sin sociedad ni amigos, donde todos
los peores males viven.
Edipo está en Colono, a donde le ha arrastrado el destino implacable, y tiene que escuchar al coro que es su propia voz interior. Su vida ha sido tan trágica que un impulso irrefrenable le ha llevado a arrancarse los ojos como en un intento de no verse a sí mismo. Tan trágica digo, y digo bien, porque de todas las barbaridades que comete de ninguna es consciente. Es, sencillamente, que así lo habían dispuesto los dioses omnipotentes.
Mata a su padre por accidente, se casa con su madre por lo mismo, tiene hijos que son hermanos y, un buen día, la verdad que nunca descansa sale a la luz y, a pesar de que de nada es culpable porque para ello hubiera sido necesario que todo hubiese sucedido por propia voluntad, no puede soportar el sentirse maldecido por los dioses. Por eso, como les decía, se arrancó los ojos... más o menos lo que hacen todos que quieren acabar sus días con una cierta paz de espíritu.
Así que, mis queridos viejos, ya saben, arránquense los ojos y nada les deslumbrará.
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