miércoles, 10 de junio de 2020

Menelao



No tenía ni idea de que existiese un teorema de Menelao. Tampoco sé por qué se llama así y, desde luego, no pienso gastar un segundo en averiguarlo. Ya tengo suficiente información inútil en la cabeza como para ponerme ahora a atiborrarla un poco más. Lo que sí les aseguro es que su demostración es sencilla y limpia y que, sin embargo, cien años más que hubiera vivido no serían suficientes para que hubiese dado con ella por el solo ejercicio de mis neuronas. 

Ya ven, quién lo iba a decir, Menelao, el gran cornudo de entre todos los cornudos de la Historia, que han sido unos cuantos. Porque esa es la verdad, que mucho me too y demás mandangas, pero puestos a considerar con calma no tardaremos en caer en la cuenta de que las infidelidades de los hombres son pecata minuta por comparación a las de las mujeres. Solo hay que atender a la biología para comprenderlo. El hombre, en el peor de los casos, soluciona las consecuencias del trance con una inyección de penicilina, pero la mujer se puede ver avocada, y de hecho se suele ver con frecuencia, a tener que pasar nueve meses con pesadez de barriga y luego toda una vida ocultando su secreto. Porque si no mienten las estadísticas el número de hijos que retozan por ahí creyendo que su padre es el que no es llega al diez por ciento en muchos estudios de campo.  Ya saben, ¿dónde se la pongo señora? La bombona de butano, por supuesto. 

Pero lo de Menelao, como les decía, fue la mundial. Sus cuernos, por así decirlo, fueron la causa eficiente del comienzo de la historia escrita y, sobre todo, de la literatura.  Si Helena no hubiese estado tan buena como de verdad estaba los humanos nos hubiésemos perdido la guerra de Troya  que es como decir que esto hubiera sido todavía un poco más puto aburrimiento. Y es que cuando los cuernos salen a la luz ya no es cosa sólo del que los lleva, entonces, la mancilla del honor se traspasa a la familia e, incluso a la nación, si el ejecutor de la feliz fechoría es un extranjero.

En fin, mejor no meneallo, que ya sabemos que hay cosas que no tienen enmienda. Así que dediquémonos a la geometría o similares que es una buen manera de ir pasando la vida en una especie de limbo en el que los cuernos se convierten en perchas para colgar la ropa.  


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